lunes, 18 de mayo de 2026

La bella del café y la bestia del barrio (2° parte)


 El Yerko había nacido en una maloliente cama de un añoso cité de la calle San Francisco, ubicado en el populoso Barrio Franklin. Sus escuelas fueron sucias y pedregosas calles y las pandillas de pelusas carteristas de poca monta, quienes solo conocieron la escuela por fuera, sin embargo, se les mentaba como diestros en el arte de la apropiación indebida. Al llegar a su primavera temprana se erigió como indiscutido líder, derrotando a cuanto Fagin se le cruzara en su camino. Al cumplir la mayoría de edad, reinaba, sin contrapeso, el perímetro comprendido entre las calles San Isidro, Placer, Nataniel Cox y Ñuble. El poder lo ejercía con mano dura y con la repartija de ganancias del botín que eran similares a la del Cid Campeador, aseguraba cierta fidelidad de sus mesnadas.

Las autoridades chilenas realizaron, hace algunos años atrás, una invitación a venezolanos que deseaban emigrar de su terruño, ya que las papas de la vida no se se encontraban dándose bien en esas tierras y, en masa, arribaron a distintas ciudades chilenas. Lamentablemente, entre esos miles de hombres y mujeres de bien, se colaron unos facinerosos que, aprovechando la cándida invitación, arribaron con una maletas repletas de malas intenciones. Esos cacos caribeños mostraron de inmediato sus aviesas intenciones cometiendo atracos y sicariatos nunca vistos en suelo andino, debido a su ferocidad y sangre fría. Yerko fue reclutado por ellos, debido a su posición de relativo poder en su feudo y sobrevivió a las duras encomiendas de los nuevos mandamases.

Cielo y Yerko al entrar en conocimiento, luego de una visita del capo de Franklin al Ángeles y Diosas, percibieron que la mezcla química que amalgamaron de inmediato era poderosa. Ese fin de semana ella yacía en el pecho de su amante, luego de unos tórridos encuentros. Los primeros escarceos fueron generosamente desembolsados por este. Sin embargo, las citas siguientes eran del deleite de ambos, con un tufillo sospechoso y muy parecido al amor, quedando fuera el estipendio. Sin embargo, el lado oscuro y fantoche del tunante reclamaba su lugar de privilegio y presentó en sociedad a su nueva adquisición. Los líderes del cartel posesionaron sus libidinosos ojos en las pronunciadas curvas de Cielo y reclamaron su derecho a pernada. El necio de Yerko, esperando congraciarse con sus nuevos compañeros de fechorías, llevó a una reunión privada de malevos a su princesa.

Al ingresar al lujoso departamento y observar que ella era la única sirena entre unos tritones sedientos de una sed malsana, Cielo temió por su integridad y Yerko olfateó el torcido curso de los acontecimientos que se avecinaban. 

(Continuará) 

viernes, 15 de mayo de 2026

La bella del café y la bestia del barrio (1° parte)


 - Yo así engaño al sistema- , dijo la bella cuando el cliente, al saludarla con un abrazo, percibió su teléfono celular discretamente escondido bajo la pretina de la diminuta minifalda que se ceñía a su cintura de avispa. Cielo Rivera, una beldad originaria de Maracaibo, residía solo hace dos meses en Santiago de Chile y confiaba en que le prorrogarían la visa de turista por segunda vez, ya que los tiempos y las urgencias monetarias apremiaban.

Su trabajo de garzona sexi en el Café con piernas Ángeles y Demonias del centro cívico, le reportaba un sueldo mínimo precario, pero que se aumentaba generosamente con las propinas de los habitués del aromático lugar. Hacía ya varios años que venezolanas y colombianas se tomaron por asalto estos bizarros establecimientos. Sus dueños percibieron rápidamente la sideral diferencia entre las bellas nacionales y las coquetas, curvilíneas, mimosas y dóciles caribeñas que coparon estos seudo templos del placer fantasioso. Cielo encajaba a la perfección en ese mundillo.

El celular que guardaba precavidamente en su falda era la conexión con su nuevo trabajo de medio tiempo. La severa dueña del local no permitía el uso de este aparato durante la jornada y las obligaba a entregarlo a la cajera, porque se distraían de la atención a los parroquianos. Cielo entregaba el suyo, pero poseía un pequeñísimo segundo celular. Una de las trabajadores del Café la había iniciado en la profesión más antigua del mundo. La maracucha cobraba un alto emolumento por sus servicios, seleccionaba a su clientela, generalmente, hombres de mediana edad, de posición económica aceptable y con deseos de una hermosa compañía femenina que los escuchara, luego de un breve encuentro íntimo.

Hasta que apareció en el Ángeles y Demonias el Yerko Catalán.

                                               (Continuará)