Los tiempos en el café Embajadoras transitaban pausadamente. El conflicto entre Rosita y Fernanda aparentemente parecía olvidado, aunque el cliente de la apetitosa propina solo deseaba atenderse con esta última. Era una piedrecilla en el estilizado calzado de ella. Un día lunes amaneció con inequívocas señales imposibles de leer por Fernanda. La alarma de su despertador no sonó, por lo que llegó atrasada al trabajo; se le olvidó embellecer sus labios con el lápiz labial que tanto le gustaba; un peatón le dedicó un grosería, disfrazada de piropo y se le corrió un punto de sus costosas medias elasticadas. Su cartera de clientes esa mañana prometían una visita masiva.
Fernanda los atendía con su acostumbrado trato almibarado y ese acento paisa que no dejaba indiferente a los varones del lugar. Al servir una agua soda, mirando en otra dirección, apretó el botón sin darse cuenta que el chorrito del liquido se escurrió por sus dedos antes de ingresar al vaso. El local se encontraba abarrotado y ella no se encontraba para remilgos y le sirvió el vaso a su sesentón cliente, junto al humeante capuchino. Una vez que el rabo verde bebió la soda, comenzó a llamarla insistentemente con el fin de que conversara con él. Fernanda echó mano a todo su oficio para atender los requerimientos del tunante, sin dejar de lado a los demás. Al costear la cuenta le dejó una propina de veinte mil pesos en sus manos.
Tanto la cajera y las demás chicas del lugar se sorprendieron, ya que ese billete era el de más alta denominación y en escasísimas ocasiones algún usuario lo regalaba por alguna atención especial de las garzonas. Era la segunda vez que Fernanda recibía una pingüe e insólita retribución por servir un par de sodas y un capuchino. Esa noche, en su dormitorio, repasó el día de trabajo. Caviló brevemente y unió los acontecimientos. El agua regó sus dedos antes de ingresar a los dos vasos y , posteriormente, cuando ambos hombres bebieron de ese cáliz centraron una insistente fijación únicamente en su persona.
(Continuará)

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