viernes, 15 de mayo de 2026

La bella del café y la bestia del barrio (1° parte)


 - Yo así engaño al sistema- , dijo la bella cuando el cliente, al saludarla con un abrazo, percibió su teléfono celular discretamente escondido bajo la pretina de la diminuta minifalda que se ceñía a su cintura de avispa. Cielo Rivera, una beldad originaria de Maracaibo, residía solo hace dos meses en Santiago de Chile y confiaba en que le prorrogarían la visa de turista por segunda vez ya que los tiempos y las urgencias monetarias apremiaban.

Su trabajo de garzona sexi en el Café con piernas Ángeles y Demonias del centro cívico, le reportaba un sueldo mínimo precario, pero que se aumentaba generosamente con las propinas de los habitués del aromático lugar. Hacía ya varios años que venezolanas y colombianas se tomaron por asalto estos bizarros establecimientos. Sus dueños percibieron rápidamente la sideral diferencia entre las bellas nacionales y las coquetas, curvilíneas, mimosas y dóciles caribeñas que coparon estos seudo templos del placer fantasioso. Cielo encajaba a la perfección en ese mundillo.

El celular que guardaba precavidamente en su falda era la conexión con su nuevo trabajo de medio tiempo. La severa dueña del local no permitía el uso de este aparato durante la jornada y las obligaba a entregarlo a la cajera, porque se distarían de la atención a los parroquianos. Cielo entregaba el suyo, pero poseía un pequeñísimo segundo celular. Una de las trabajadores del Café la había iniciado en la profesión más antigua del mundo. Cobraba un alto emolumento por sus servicios, seleccionaba a su clientela, generalmente, hombres de mediana edad, de posición económica aceptable y con deseos de una hermosa compañía femenina que los escuchara, luego de un breve encuentro íntimo.

Hasta que apareció en el Ángeles y Demonias el Yerko Catalán.

                                               (Continuará)

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