sábado, 10 de octubre de 2026

Mayra vs Alejandra (4° parte)


Alejandra mandó al sótano de las tinieblas mentales a Mayra y se atavió con una vestimenta que provocaría miradas arrabaleras de cuanto tunante percibiera su estampa. Llevaba varias copias de sus currículas en una carpeta plástica y los diseminó por variados cafés de los paseos peatonales. En algunos de esas locaciones la entrevistaron y mensajes esperanzadores le indicaban que el sendero era el correcto. Era cosa de tiempo. Fue llamada por el Selva negra, el Gatas y Conejas y La caverna. Fue en el primero de estos santuarios cafetales que Mayra, poseída por Alejandra, se decantó. Sueldo estable y suculentas propinas de futuros parroquianos de rabo verde podrían ser su destino deseado.

Las primeras semanas de laburo Alejandra nadaba como una sirena en la isla de Nunca jamás. Atendía a los machos chilenos con prontitud, esmero y coquetería. Fue aumentando exponencialmente su club de clientes y las ñapas iban subiendo como la espuma en un shop recién escanciado. Aún así, la paga y las propinas apenas alcanzaba para arribar precariamente a fin de mes. Urgía cambiar de estrategia o diversificarse. Observó que algunas garzonas aprovechaban el contacto con diversos clientes, para concertar citas galantes y remuneradas, fuera del turno. El alter ego de Mayra evaluó esta situación. Lo que antes lo daba por urgencias de la carne, hoy podría convertirse en billetes constantes y sonantes.

Se instruyó en el primigenio arte de la putería por medio de sus compañeras de trabajo. Costos reales, tiempos mínimos y máximos y protocolos del servicio. Visualizó en lontananza un impedimento. Sus ardorosos encuentros eran con machos de su generación. Jóvenes energéticos y desbordando colágeno por doquier. Sin embargo, en el mundo picaresco aterrizaba cualquier espécimen. ¿Podría soportar a todo moro y cristiano que requiriera de sus favores? Nuevamente, sus colegas del café acudieron en su ayuda. La orientaron en afinar el ojo con posibles clientes. Nunca jóvenes de vestimentas sin marca de alta gama, ya que no manejaban dinero. Ojo con los taciturnos y solitarios. Esos resultaban en peligrosos parafílicos. Ni hablar de los treintones y cuentones ataviados de ropas flaites costosas y ostentadores de un gran poder adquisitivo. El hampa era su contexto y ya varias sílfides de los cafés peatonales habían sido victimas mortales de estos desgraciados crestones. Los clientes ideales eran  cincuentenarios o sexagenarios que resaltaban por su caballerosidad y su  buena paga. Alejandra debería hacer vista gorda y de tripas corazón al verlos desnudos. 

(Continuará)