lunes, 9 de febrero de 2026

Fernanda es adictiva (IV parte)

 


Al día siguiente, Fernanda apostó por su buena estrella. Ingresaron dos clientes habituales de su corral al café. Introdujo uno de sus dedos en los vasos de soda y se los sirvió. A los pocos minutos, aquellos hombres solicitaron la presencia de ella para tenerla lo más cerca posible. Ya era un hecho. Sus dedos eran mágicos y provocaban a los sentidos de los hombres que bebían agua, que previamente había estado en contacto con su pulgar, índice, corazón, anular o meñique. Al retirarse, los veteranos depositaron en su mano el billete más preciado.

Pasaron los días y la cartera completa de clientes se rendía ante sus pies y las propinas acumuladas, solo en una semana, ya alcanzaba el millón de pesos. El récord se rompía y de manera espectacular. Empero, Fernanda, imposibilitada de comprender las señales de ese mal lunes pasado, también desolló las evidentes marcas actuales que se encontraban ante sus bellos ojos ahora y que le suplicaban prudencia. Comenzó a introducir, subrepticiamente, sus dedos en varios consumidores que no pertenecían a su redil.  

Se precipitó la causa y el efecto. Todos los parroquianos intoxicados con la esencia de Fernanda requirieron con insistencia su presencia y atención exclusiva. Al finalizar el día de trabajo y con unas sustanciosas propinas en su bolsillo entró al camerino para cambiarse de ropa. El resto de las ninfas la esperaban en pie de guerra.

Rosita abrió los fuegos. - ¡No nos interesa que ganes mucha plata con tus clientes, pero que nos quites los nuestros es algo que no te lo aguantaremos! ¡No tenemos idea cómo lo haces, pero esto debe acabar!-. Acto seguido, una bofetada en una de las mejillas de Fernanda resonó. Las garzonas que hasta el momento era solo espectadoras rompieron en un sonoro aplauso, celebrando, tanto las palabras, como la acción de la ocasional líder. El temperamento de Fernanda se encendió y saltó sobre su rival y comenzó a darle fieros tortazos, acabando ambas en el piso. 

El barista y un aseador ingresaron raudamente y separaron a las leonas. La dueña del café confrontó a ambas y con autoridad las conminó a nunca volver a repetir esta escena, caso contrario, las pondría de patitas en la calle. La jefa conocía su negocio y sabía que la presencia de Fernanda era la principal razón del gran repunte de las ventas del café. Despedirla sería un craso error.  

                                                                 (Continuará)

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