domingo, 23 de marzo de 2008

Bujolandia chilensis



(Portada de "BarsaMan", creado por Jucca)



(Texto extraído de "El triunfo del mito")



Siempre he fantaseado con el hecho de saber el paradero actual de toda la fauna de personajes de comics nacionales que acompañaron mi niñez y mi adolescencia.

Si estuvieran aún entre nosotros: ¿vivirían en Chile o habrían emigrado?, ¿seguirían ligados, aunque indirectamente, a sus antiguas actividades?, ¿habrían dado un vuelco a su vida?, ¿se encontrarían jubilados?

Me interné por las calles de Santiago. Realicé algunas visitas a ciertos extraños seres de la urbe capitalina e intenté averiguar qué fue de ellos. He aquí el resultado.






Condorito. Fue la inmediata respuesta nacional al personaje "Pedrito", un pequeño avión chileno que intentaba cruzar la cordillera de los Andes, creado por industrias Disney y que no encarnaba el sentir del alma nacional.

Individuo de extracción popular, vivió su época de gloria en los sesentas. Se mantuvo estable en los setentas y ochentas y se volvió rico en los noventas. Actualmente se pasea por todo el continente americano, amasando fortuna y vendiendo todo el mercadeo que rodea su imagen. Ha olvidado por completo su origen humilde y su humor, otrora fresco y natural. Es más, han involucionado tanto sus chistes hasta considerarse casi para infradotados. Un caso lamentable, pero excepcional de adaptación al medio.





Mampato. Surgió a finales de los sesentas. Un preadolescente bajito que se llamaba Patricio, Pato para sus íntimos. El primer día de clases sus compañeros, al verlo tan pequeño, le apodaron como Mampato (un caballito enano). Joven inteligente, con sólidos valores y valiente como el que más. La vida lo premió entregándole un cinto espacio-temporal que le permitía viajar a la época histórica que él quisiera. Se aventuró a la prehistoria, la Independencia de Chile, el futuro y visitó varias civilizaciones antiguas. Un viajero del tiempo que cumplía los sueños de H.G. Wells. Pero creció y se sumergió en el tráfago de nuestro "modus vivendis", para luego desaparecer sin dejar rastro. Todos los indicios apuntan a que usó por última vez su maravilloso cinto y se trasladó al siglo cuarenta, llevando con él a Ogú y Tinalín, su fiel compañero cavernícola y su esposa. La razón es muy simple. En esa época se encuentra Rena, la telépata y el amor de su vida, con la que contrajo matrimonio y vive una apacible vida de cuarentón satisfecho. Tal vez su único cuidado es no tener malos pensamientos ya que ello fastidiaría a su esposa.





Pepe Antártico. Es tal vez quien mejor encarnó los deseos libidinosos de los hombres de este país. Su apogeo lo vivió entre los sesentas y setentas. Soltero y mujeriego empedernido, no se le escapaba ninfa alguna y sus conquistas eran resonantes. Lo que nunca contó fue que, por las dudas, visitó a un urólogo quien le detectó veinticinco tipos diferentes de enfermedades de transmisión sexual, de las cuales dos no poseían explicación científica. El facultativo, asombrado por el hallazgo, presentó el caso en un simposio médico en donde galenos norteamericanos se interesaron vívamente. Le solicitaron muestras de sangre a Pepe y se las hicieron llegar a la NASA, ya que que ambas enfermedades mencionadas no eran de origen terrestre.

Cuando llegó la vejez a su vida decidió retirarse de las lides amorosas para escribir sus memorias, sin embargo con la aparición del viagra reconsideró su decisión.


Don Memorario. Fue uno de los íconos de la derecha chilena. No sé si por ese motivo nació anciano. De agudo humor y desde su reposada vida de jubilado, nos entregaba su visión conservadora de la realidad junto a su inseparable amigo de sombrero hallulla y su nieto. "El período en que vivimos el peligro solapado" fue asumido por él como un bálsamo para su espíritu. Sin embargo, con la llegada de la democracia sus achaques se volvieron un gran problema para su salud. Hubo dos golpes que no pudo soportar: uno fue el fallecimiento de Jarpa, de quien él sentía una profunda admiración, y el otro, el hecho de que un socialista nuevamente fuera elegido Presidente de la República por voto popular. Al creer que su mundo había mutado para siempre no tuvo deseos de seguir en esta tierra y partió a una mejor vida.







El Enano Maldito. Si hubo un personaje que concitó los amores más incondicionales y los odios más enconados fue este pequeño de origen proletario y de ideas izquierdistas. De corta vida pública, en realidad un poco más de los mil días que duró el gobierno de la Unidad Popular, se las ingenió desde un principio por expresar opiniones virulentas y ácidos comentarios contra sus contrarios. Ingresó al imaginario colectivo nacional cuando fue portada del diario "Puro Chile" al día siguiente del triunfo de Allende en las urnas. Con el golpe de estado se le pierde el rastro. Sus amigos tienen versiones disímiles. Unos afirman que pasó a engrosar la lista de detenidos desaparecidos, mientras que otros aseguran que su lucha continuó en el extranjero. Sus enemigos también difieren en cuanto a sus opiniones. La mayoría de ellos creen que utilizó su exilio para gozar de una vida regalada en Europa, por otro lado, una minoría insiste con la versión del cambio de nombre y su ingreso a la Concertación en donde trabaja como operador político.



Alaraco. Si Pepe Antártico resume los deseos no satisfechos de los machos chilenos, este hombre representa fielmente al "homo chilensis" en su cabal medida. Para él todo es sinónimo de desconfianza y catástrofe. Se puede decir que nunca tuvo momentos de fama, salvo la parodia que realizó de él Fernando Alarcón en el extinto programa de humor "Japennig con ja". Actualmente posee en su casa un botón de pánico regalado por Joaquín Lavín y es un peligroso consumidor de programas de televisión que muestran desastres, robos, violencia y muerte en nuestro país. Debido a este hábito Alaraco se encuentra prácticamente adherido a la pantalla chica y decidió no salir nunca más de su casa.


FIN

(Mis agradecimientos a Pepo, Themo Lobos, Percy, Lukas y Orsus (Jorge Mateluna) por llenar nuestras vidas con la genialidad de su arte).

jueves, 20 de marzo de 2008

En 360º

Él sabía hasta el más mínimo detalle de lo que le esperaba, sin embargo siguió adelante. La consigna se cumpliría contra viento y marea. Poco importaba su opinión. Había que llevar a cabo la misión sin cuestionar.

Su espacio predilecto para encontrarse con la gente era la Plaza de Armas. No existía una síntesis más acabada de las personas del lugar que aquel amplio espacio. Vendedores ambulantes, desempleados, inmigrantes ilegales, viejas prostitutas y ladrones de poca monta, entre otros, formaban parte del paisaje urbano.

Su perseverancia le ayudó a hacerse un espacio entre ellos. En un principio lo creyeron un predicador más, tan pelmazo como todos. Sin embargo, su mirada dulce y la convicción que irradiaban sus palabras acabaron por seducirlos. Sus historias los entretenían y les hacían olvidar su triste realidad.

Pero era jueves en la noche. Era la hora que esperaba...

Una redada policial capturó a todos los que se encontraban alrededor del monumento al orgullo mapuche. Fueron conducidos a una comisaría en Santo Domingo. Apartaron a hombres y mujeres. Él fue tratado como un indocumentado. Además lo confundieron con un traficante de pasta base, ya que el parecido con el criminal era asombroso. En una sala oscura lo interrogaron violentamente. Él sólo ponía a disposición su otra mejilla. Esto encolerizaba aún más a sus captores. Ya a medianoche sus cuerpo torturado daba muestras de fatiga. Los demás quedaron en libertad.
El viernes fue llevado ante el juez. El magistrado no se encontraba de buen humor. Trabajar en un día feriado de Semana Santa nunca fue de su agrado. Dictó sentencia sin siquiera mirar al acusado. Lo condujeron a la cárcel de Colina.
Una vez dentro, los gendarmes se enteraron que era un famoso traficante y datearon a los reos, ya que algunos de estos pagaban muy bien los servicios de soplonaje de indeseables que no cancelaban sus deudas de juego.
Al anochecer ya su vida se había extinguido.
El sábado, sus restos ingresaron a la morgue del penal.
En la madrugada del domindo su cuerpo había desaparecido, ya que no se encontraba sobre la fría plancha de metal. Los gendarmes se extrañaron al principio, luego volvieron a su rutina. No era la primera vez que un cadáver era sustraído por los internos con el objeto de vender los órganos.
La tragedia acababa una vez más. El ciclo sin fin volvía a cerrarse, por ahora...

domingo, 16 de marzo de 2008

La génesis de la distopía


En el principio fue el caos...
El magnífico ser alado descendía con dificultad sobre el planeta. Absolutamente exhausto y mortalmente herido se posó sobre el macizo cordillerano. Era el refugio que había escogido durante su escapatoria. Lo recordó, ya que el plan divino de la gestación universal aún no se encontraba acabado en ese lugar.
Por más que repasaba los hechos pasados no podía comprender cabalmente lo que estaba ocurriendo. Era un levantamiento más de las huestes del averno, como otros en el pasado. Los habían derrotado fácilmente en las primeras escaramuzas, pero esta vez fue diferente. La vehemencia con que comenzó el ataque, la sorpresa del mismo y la desidia de algunos de sus compañeros fueron determinantes en el resultado.
Él combatió valientemente al lado de su señor. Uno a uno caían sus más preciados amigos. Los otrora bellísimos seres se transformaban en una masa amorfa de carne, visceras y sangre. Se abrío paso por entre el tumulto y una certera lanza lo atravesó de lado a lado. Logró escapar sin antes observar que al todopoderoso le caían encima cientos de iracundas alimañas sedientas de venganza.
Tendido entre los altos y nevados picachos sentía su fin cerca. Sus ojos se cerraron y dormitó. Se imaginó creando, junto a sus compañeros, un lugar único e irrepetible. Una isla que no fuera una isla. Por el norte se encontraría el desierto más árido del mundo. Por el sur, los hielos cuasi eternos. Por el este una cordillera que hiciera las veces de biombo climático y por el oeste un océano inmenso. La jaula de oro perfecta. Sus habitantes sólo conocerían su pequeño entorno, además los dotaría de fantásticos mecanismos de defensa: la desconfianza al extraño, la nula capacidad de asombro, el tedio como forma de vida y la capacidad de olvidar al instante lo poco que retendrían sus mentes.
-Serán eternamente felices, se dijo para sí.
Despertó sobresaltado, ya que el dolor que le causaba su herida se tornaba insoportable. Lloró sincera y amargamente por la suerte corrida por su amado líder y sus camaradas. Contempló por última vez la celestial obra inconclusa y su mirada se apagó para siempre.

viernes, 7 de marzo de 2008

El enemigo de papel


(Extraído de "Los mil días de la irresponsabilidad")


Corría el año de 1970. Yo tendría unos diez años cuando mi padre, de manera solemne y afectada, comunicó en el almuerzo dominical a los comensales que Salvador Allende había ganado la elección y sería el presidente de Chile. La familia sólo guardó silencio. Era la costumbre de los últimos años, ya que las relaciones entre los adultos de la casa se encontraban en un grado alto de tensión. Además todos manejaban esa noticia, incluso yo. La palabra política era para mí totalmente desconocida en ese entonces. Mientras jugara al fútbol con mis amigos en la calle y me dejaran ver los dibujos animados yo era feliz. Lo demás poco importaba.
- Vamos a ver como lo hará este señor y su gobierno, agregó mi padre con cierto enojo, cerrando el mismo el tema que había planteado y que nadie había querido asumir.

En aquellos tiempos la televisión chilena se encontraba en ciernes y era de una artesanía conmovedora, sin embargo para mis cortos años era un mundo mágico. Mis programas favoritos eran Los Banana Split, Kimba y Meteoro. La hora de la fantasía era de cuatro a cinco de la tarde los días de semana y de dos a tres los domingos. Odiaba las tareas que me daban en el colegio, porque las tenía que desarrollar antes de esas horas. Caso contrario gastaba ese valioso momento en conjugar verbos regulares e irregulares, dividir con fracciones o responder cuestionarios de Historia. Mis cuadernos se enteraron de mi rabia más profunda cuando llenaba sus páginas mientras el Match 5, piloteado por Meteoro, daba saltos imposibles por sobres sus adversarios en las carreras en que siempre triunfaba.


En mi hogar hasta los asuntos domésticos se convertían en una empresa destinada al fracaso. Los adultos deambulaban por la casa con el piloto automático encendido y bastaba la más pequeña chispa para que la estantería familiar se viniera al piso de manera estruendosa. Al parecer nos gobernaban unos maquinistas enajenados quienes le echaban más carbón a la caldera con el fin de llegar lo más rápido a una estación que ni ellos mismos conocían, sin importar la seguridad de los pasajeros.
Afuera, en la ciudad, se sentían los vientos de cambio. Bastaba con ojear la prensa para caer en cuenta que la inocencia se había perdido para siempre. La gente exponía sus opiniones a viva voz y con firmeza. Unos a favor y otros en contra de no sé qué. Mis cortos años no me servían para percibir lo que se venía incubando.


Mis padres se separaron por fin. Deambulé entre dos casas hasta que mi viejo se hizo cargo de mí. En la calle se respiraba un aire difícil de definir. Era una mezcla de euforia, miedo, desconfianza y enojo. Mi padre optó por lo último. Constantemente despotricaba contra el gobierno responsabilizándolo de todos los males que ocurrían en ese entonces. Comenzaron a faltar elementos esenciales en nuestra casa, tales como la carne, el café, el azúcar y la mantequilla. Se iniciaba la rutina de las "colas", es decir, esperar largas horas a las afueras de un establecimiento para conseguir lo esencial. Estas rutinas me producían sentimientos encontrados ya que paliaba la larga espera conversando animadamente con mis amigos o me hacían perder valioso tiempo, ya que no podía ver ta televisión ni jugar la infaltable "pichanga" callejera.


Transcurrieron más de dos años y la situación era inquietante. Mi padre realizaba magia para conseguir alimentos y ropa. Nos las arreglabamos intentándolo casi todo. Era inútil. Mi pandilla captaba la rabia en la mirada de cada adulto. Ésta era canalizada por dos vías. Cada vez que algún dirigente de gobierno o el mismo Allende aparecían en la pantalla chica las imprecaciones surgían de manera espontánea, o bien, algunos de nuestros vecinos que adherían al gobierno de la Unidad Popular eran sindicados como la cara visible del descalabro en que se encontraban sumidos nuestros padres.



Y comenzó la debacle. Mi padre, que en ese entonces era propietario de un taxibus, se plegó al Paro de Octubre. Todas las noches debíamos ir a revisar el vehículo que se encontraba junto a muchos otros cientos en un sitio abandonado en la comuna de San Miguel y pagar por adelantado su custodia. Lo acompañé a cuanta reunión dirigencial hubiera. Por todos lados se sentían gritos y se observaban peleas entre los adversarios. Incluso asistimos a concentraciones en contra del gobierno de la U.P.
- !Upeliento maricón, come mierda por güe'on¡
- !Allende, escucha... ándate a la chucha¡
Las consignas las gritabamos a todo pulmón. Aunque en realidad yo lo hacía porque era la primera vez que podía decir groserías a voz en cuello frente a mi padre, sin que éste me reconviniera severamente. Es más, hasta me alentaba a decirlas.


- !Hijo despierta¡. !Cayó Allende¡. Mi padre me despertó una mañana de septiembre del año 1973. Los ojos le brillaban como nunca. Subimos al techo de nuestra casa y observamos como los aviones Hocker Hunter maniobraban por entre las nubes. A lo lejos se divisiba una humareda. Por la radio nos enteramos que el Palacio de la Moneda estaba siendo bombardeado. Sin perder tiempo y henchido de felicidad, mi padre me ordenó que lo acompañara de compras. Al salir nos encontramos con uno de los vecinos "parias" que escuchaba la radio de su vieja camioneta. Se enviaban mensajes para todos los trabajadores instándolos a no abandonar sus puestos de trabajo y defender sus derechos y al gobierno. Nuestro vecino apenas alcanzó a despedirse y aceleró su vehículo perdiéndose por entre las calles semidesiertas. Mi padre sólo sonrió socarronamente.


Llegamos a la vega de Franklin y mi padre comenzó a comprar provisiones como para unas semanas. Los locatarios y el escaso público que se encontraba en ese lugar no hablaban de otra cosa.
- !Ahora lo quiero ver a este desgraciado¡
- ! De ésta sí que no se escapa¡
- !Ya estaba bueno de tanto abuso¡
Mientras adquiríamos los víveres, le comenté extrañado a mi padre que no habíamos hecho una larga fila para comprarlos. Además que todos lo que escaseaba los días anteriores se encontraba ahora al alcance de la mano. Mi viejo sintió mi mirada inquisitiva de preadolescente, me la sostuvo por algunos segundos para luego desviarla y conversar con el primero que se le cruzó por delante.
Demás está decir que al vecino de la vieja camioneta no lo vimos nunca más. Luego de unas horas, la mayoría de los vecinos embanderaron todas sus casas. Me llamó la atención que mi padre no quisiera hacerlo. Muchos años después recordé la mirada que le dediqué esa mañana de septiembre y entendí perfectamente la razón de su negativa a enarbolar el pabellón patrio.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La muerte que venía desde abajo


(Extraído de "Los tiempos del peligro solapado")


Actualmente es un tarea titánica hacer entender a nuestros hijos que existieron películas de terror, las cuales marcaron para siempre nuestras vidas. Los adelantos en los efectos especiales de los filmes de hoy, en especial la utilización de ordenadores que hacen posible casi cualquier ícono que el equipo realizador de Hollywood desee, hacen palidecer a aquellas cintas que presenciamos durante la década de los setenta.



Eramos adolescentes y corría el año de 1975. La sensación del momento era ir a ver la película "Tiburón" (Jaws). Teníamos motivos de sobra para celebrar, ya que a unos amigos y a mí, nuestros padres nos daban por vez primera permiso para ir al cine solos. Realizamos una fila interminable frente a los desaparecidos teatros Huérfanos - Central (hoy convertidos en una sede del Banco de Chile). Con la emoción de aquellos que se sienten en el umbral de la independencia, ingresamos a la oscura sala.


Comenzando la proyección se acabaron de un rudo golpe toda nuestras alegrías anteriores. Aclaro que hasta ese momento las cintas de terror que habíamos visto se circunscribían al espectro de la televisión chilena setentera, es decir, las de Boris Karloff, Lon Chaney Jr., Bela Lugosi y la época de oro de la Ci-Fi de los cincuenta. Todas ellas mostrando seres que no pertenecían a nuestro mundo cotidiano. Además no habíamos descubierto aún el terror sicológico de Hitchcock, ni el "gialo" de Mario Baba o Darío Argento. Es por ello que al ver aquella cinta tuvimos que reacomodar nuestra visión del miedo. Las tres razones poderosas fueron que durante una hora el tiburón no aparece en pantalla, pero sabíamos muy bien que se encontraba ahí bajo el agua, la música incidental inquietante que antecede la aparición de la bestia y el hecho de que el monstruo fuera esta vez un ser que podríamos encontrar perfectamente en nuestras costas.



El director manejaba a la perfección el suspenso. Primero propone un conflicto de intereses comerciales en un pequeña isla llamada "Amity". Como era temporada de verano, la aparición de un gran escualo que había devorado a una muchacha y, posteriormente a un niño, echaba por tierra las ganancias de los comerciantes del lugar. Estos desoyen los llamados del jefe de policía y abren las playas. Craso error. El monstruo cobra una nueva víctima. La muerte de un salvavidas en las fauces del pez, mostrada fugazmente en pantalla, sumados a los gritos desgarradores de la víctima al ser masticada salvajemente nos dejó sin aliento. Pero algo nos mantenía firmemente aferrados a la butaca.


Tres son los valientes encargados de matar al tiburón. Un oceanógrafo (Richard Dreyfuss), el capitán de policía (Roy Scheider) y un pescador "experto" en cazar escualos (Robert Shaw). La empresa les sobrepasa con largueza. Presenciamos por primera vez la espantosa y lenta muerte de un ser humano. El cazador es engullido por el gran blanco, pero esta vez se observan detalles. Luego de hacer zozobrar la embarcación, el satánico ser se abalanza sobre ésta y, al ladearla, el desafortunado hombre cae directamente en sus mandíbulas, las cuales devoran cada parte del cuerpo, todo esto mientras la víctima se encuentra con vida. El terror nos mantenía paralizados.



El policía, en un acto de valentía suprema a nuestros inocentes ojos, derrota al leviatán introduciendo un tubo de oxígeno en su mandíbula para luego hacerlo estallar de un balazo de rifle, causando la muerte del feroz enemigo. Sin ningún complejo mis amigos y yo aplaudimos a rabiar, sin darnos cuenta que todos los espectadores se encontraban realizando lo mismo. Era un momento de catarsis. Sin embargo, ese verano fue uno de los peores que experimenté, ya que no pude bañarme en ninguna playa, río o piscina. La posible aparición de tan espantoso ser me atemorizaba.


Bastantes años después nos enteramos que la película se había realizado a pulso. Un joven llamado Spielberg tomó el proyecto porque lo desechó otro. La fabricación de animatronics estaba en ciernes, así que los tres modelos de tiburón que los técnicos habían fabricado fallaban a cada momento, más aún en la corrosiva agua del mar. Al ver las primeras tomas se dieron cuenta que el escualo era de una falsedad impresentable y el público se reiría a mandíbula batiente. El actor R. Dreyfus estuvo a punto de abandonar la filmación presintiendo un fracaso cinematográfico que haría época y el presupuesto se les acababa. Con todo ello en contra, ¿por qué nos espantó para siempre esta historia?



La solución fue un prodigio de inventiva en tiempos de crisis. Spielberg filmó en primer lugar todas las escenas en que no aparecía el tiburón, mientras éste era constantemente reparado. Al acabar esta tarea, sustituyeron la presencia real del animatronic con simulaciones, para que los espectadores sólo intuyeran que merodeaba por ahí. Por ejemplo, que la movimientos de la cámara hicieran las veces del movimiento del escualo o la aparición de la gran aleta del pez. Pero quedaba un gran problema por solucionar. La falta absoluta de verosimilitud del robot creado. Es ahí donde radica la maestría de la película. Encargaron a la experta en montajes Verna Fields la edición de las cintas y a John Williams la banda sonora. La señora Fields realizó un trabajo de joyería, ocultando absolutamente los graves defectos de movimiento del animatronic y Williams nos legó una melodía que forma parte de nuestro sound track imaginario. A ambos les fue otorgado el Oscar por sus respectivos trabajos.


Todos estos detalles que manejamos ahora, en aquella época ni siquiera ocupaban un mínimo espacio en nuestras crédulas mentes. Además, a nuestros padres, luego de habernos dado el permiso para asistir al cine, sólo les preocupaba que llegáramos pronto a casa, ya que el toque de queda comenzaba al anochecer.

lunes, 25 de febrero de 2008

El lado B del Mundial del '62

(Extraído de "La década de la inocencia")
Algunos de nosotros cumplíamos nuestro primer año de vida, otros estaban naciendo cuando en Chile se realizó el Mundial de Fútbol de 1962. Pasaron los años y nuestros padres no escatimaban esfuerzos en relatarnos historias, datos y anécdotas que, convertidos en verdaderos panegíricos de tal evento, nos atiborraban nuestras infantiles mentes.


Todo era era absolutamente perfecto, casi una utopía. Desde el bendito momento en que los dirigentes deportivos decidieron postular a nuestro país como sede del campeonato. La obtención de tal galardón con una sentencia de uno de los miembros de la delegación, que sería casi una declaración de principios posterior: "por que no tenemos nada, queremos hacerlo todo". Lo anterior expresado magistralmente por Carlos Dittborn en el Congreso de la FIFA en Portugal. Finalmente el hecho de llevar a cabo el proyecto, a pesar de que el sur del país sufrió el terremoto más devastador en la historia moderna del hombre. Se vislumbraba la hazaña.

El desarrollo de la justa deportiva es historia. Chile ocupó un histórico tercer lugar, un país "amigo" como Brasil se quedaba con la corona, Leonel Sánchez se convertiría en leyenda al hacer justicia por sus propias manos, propinándole un izquierdazo a un italiano en pleno rostro durante un encuentro y, posteriormente, en los cuartos de final, dejando sin opción al portero ruso Lev Yashin en un tiro libre, colocando el balón en un ángulo imposible de atrapar. Jugando por el tercer lugar y con un equipo nacional al borde del colapso, Eladio Rojas le daba al seleccionado nacional el triunfo con un gol agónico en el partido de definición con Yugoslavia.

Era el gran tesoro de nuestro padres. La más bella historia jamás contada, que se repetía de cuando en vez en almuerzos familiares, paseos o al calor de una estufa en invierno. Nosotros eramos niños, pero no estúpidos. No creíamos en tanta maravilla. Debía haber algo más. Con el correr de los años y ya mayores acumulamos algunas informaciones alternativas de tal evento que, a ojos de fanáticos, serían consideradas una cuasi - blasfemia, pero a nuestro entender no lo denigran, sólo lo ubican en su justa medida, es decir, como fiel representante de un producto cultural de nuestra alma nacional.

Con ustedes el lado "B" del Mundial del 62...

Nunca quedó del todo claro la razón de designar a Chile como sede de un mundial de fútbol. No pertenecíamos al club de países desarrollados (ni pertenecemos ahora), tampoco eramos una potencia futbolística, ni siquiera en vías de mejorar. Un misterio. Sin embargo, se sabe que nuestro país inscribió su postulación de manera simbólica, ya que Argentina era la favorita, para oponerse a Alemania, lógica elección para tan magno evento. Los teutones desistieron. Los trasandinos corrían, prácticamente solos. Tal vez por ello Raúl Colombo, dirigente porteño, expresó en su discurso "Podemos hacer el mundial mañana mismo. Lo tenemos todo". Al día siguiente, Carlos Dittborn entra al inconsciente colectivo nacional con su frase para el bronce, ya citada antes. Resultado del congreso: Chile fue electo con 32 votos a favor, mientras la Argentina recibió 10 votos y 14 miembros votaron en blanco.


Nuestros padres evitaban cualquier mención al nivel futbolístico del mundial. Los cuentos iban en la dirección de engrandecer al equipo de todos y las selecciones visitantes. Pero no fue tan así. la mala suerte se presentó cuando se lesiona Pele, ídolo esperado con ansias, y no puede jugar por el scrach. Garrincha no pudo alcanzar el nivel superlativo del ídolo carioca, pero por empeño no se quedó. De los cuatro equipos finalistas, sólo Brasil poseía un historial significativo, el resto eran aparecidos. Además, no se presenciaron partidos de alto nivel. Para muestra dos botones: en la final, el gol de Amarildo fue francamante de encuentro de barrio, ya que una deplorable salida a cortar un centro del arquero checo Vilern Schogoif, deja el balón servido para que el delantero sólo la empujara dentro del arco. Mientras que en el partido de Chile- Brasil, lo tantos que les anotaron a la defensa nacional fueron una clara muestra de una desprolijidad defensiva abismante.


Fue el torneo que dio comienzo a la violencia en los mundiales de fútbol. El encuentro de Chile -Italia, quedó en los anales como "la Batalla de Santiago". Ambos equipos se dieron con todo. La pateadura que Leonel Sánchez recibio cerca del banderín del corner por parte de un defensa tano y el gancho de izquierda que le propinó nuestro ídolo en respuesta dio la vuelta al mundo. Estuvieron a un tris, ambos elencos, de darse de bofetadas, aunque empujones y combos hubo. Muchos años después, Leonel confesaría, ante una entrevista realizada por Gary Lineker para un programa deportivo europeo que destacaba a los goleadores de los mundiales, que golpeó al italiano, porque días antes integrantes del seleccionado bachicha habrían expresado en periódicos de su país que las mujeres chilenas eran muy feas.

La organización, según los dirigentes y periodistas fue impecable. Discrepamos de ello. Lamentablemente, en esta justa deportiva se inauguraban las transmisiones televisivas, por lo tanto, se mostraría todo lo que iba a contecer dentro del campo de juego al mundo futbolizado internacional. Infaltables "quiltros" chilenos traspasaron la feble guardia e ingresaron al campo de juego en tres ocasiones, a vista de toda la comunidad deportiva mundial. A saber, en los encuentros de Inglaterra - Bulgaria en Rancagua, Brasil - España en Viña del Mar y Chile - Alemania en el Estadio Nacional. En este último encuentro, un simpático jugador europeo se pone en cuatro patas para capturar al perro, causando la hilaridad de los presentes. Pero lo que daba para enterrar la cabeza en la tierra de verguenza fue lo que aconteció en el partido España -México. Un jugador, por arremeter con demasiada vehemencia siguió de largo y antes de caer se afirmó de las redes del arco, haciendo un pequeño forado en ellas. Los asistentes y veedores esperaban el cambio lógico e inmediato de la red dañada. No fue así. Entró al campo de juego un personaje, con tenida informal que extrajo de un pequeño bolso una aguja e hilo y remendó, ante la consternación de todos, la malla deteriorada. Luego continuó el partido.

Creo que no arrojamos este torneo al tacho de la basura, sino que lo dimensionamos en su justa medida, ya que sumando y restando fue un hito de nuestro deporte, ni tanto para elevarlo a alturas inalcanzables, ni tanto para denostarlo. Es decir, un campeonato mundial de fútbol a la chilena.

domingo, 24 de febrero de 2008

Encuentro mensual de hombres notables.


Nos reunimos a cenar cada primer miércoles del mes. Somos unos cuarentones con un pasado común. Estudiamos gran parte de nuestra escolaridad en el mismo colegio (no lo mencionaré para proteger la honorabilidad de nuestros mentores). Durante los primeros años de egreso, sólo unos pocos continuaron viéndose con regularidad. Pasó el tiempo y decidieron hacer el intento de hayar a la mayor cantidad de ex-compañeros posibles. La investigación contactó a varios nombres. Desde ese momento, ya hace unos diez años, un fiel y heterogéneo grupo se congrega alrededor de una mesa, degustando exquisitos platos, libando finos mostos y platicando de la vida.


Durante el primer lustro los temas de conversación apenas se desviaban del lugar común, pero éramos felices escapando de nuestras casas por algunas horas. Al comenzar el sexto año las citas languidecían. Luego de mucho cavilar se encontró la manera de reavivar el fuego. Relataríamos la historia no contada de Chile o el reverso de la medalla, bajo nuestra particular perspectiva y utilizando nuestras experiencias personales vividas durante nuestra niñez, adolescencia, juventud o edad madura. La idea tomó forma y, después de discutir a viva voz (lo que dio para dos cenas más), nominamos cada etapa de referencia, quedando como sigue:


"La década de la inocencia", "Los mil días de la irresponsabilidad", "Los tiempos del peligro solapado" y "El triunfo del mito", aludiendo a los últimos cuarentaiseis años de nuestra historia nacional.

Mis queridos cofrades, sabiendo que me castigaban de por vida, me designaron como el escribano de todas las narraciones que fueran dignas de destacar. Acepté con resignación.

Fue de consenso que la primera historia apelaría a la nostalgia más pura, la niñez. Nos enfrascamos en un nuevo coloquio y el resultado fue una votación muy sui generis de un tema un tanto bizarro que titulamos:



!Infancia en peligro¡

(Extraído de "La década de la inocencia")


Nuestros padres jamás se enterarían que las inocentes seriales de televisión extranjeras de los sesenta causaban en nosotros gran impacto. Y no nos referimos a la imitación de conductas violentas o malsanas. Lo que despertaba nuestra inquieta curiosidad eran los personajes femeninos que, cada tarde o noche, nos hacían soñar despiertos y sentir cosas que aún no podíamos explicar. La gracia se encontraba en que estos programas, aparentemente, no tenían como finalidad el despertar sexual de cada uno de nosotros, pero... !vaya cómo lo estimulaban¡ De ahí que el ranking presentado a continuación tiene una absoluta conección con nuestra líbido. Damos las gracias por ello.




Mención honrosa: Morticia Addams


Caroline Jones interpretaba a este personaje de la serie "Los locos Addams", basado en la tira cómica de Charles Addams. Cada vez que aparecía en pantaña con ese vestido ceñido a sus curvas, nuestras mentes olvidaban rápidamente acerca de qué trataba el show, ya que no escondía su sensualidad gótica, como tampoco su excelente conección con Homero en asuntos amorosos. Pero había algo que presentaba un pequeño escollo para nuestras ilusiones... era madre, lo que a veces nos ahuyentaba, dándonos terribles sentimientos de culpa (todavía no leíamos a Freud). Angélica Huston, quien asumió el papel en una película basada en la serie, no pudo borrar la imagen de Caroline.



Nº 3: Jeannie


Bárbara Eden era "Mi bella genio". Habríamos dado encantados el mejor juguete que poseíamos por decir que ella era nuestra bella genio. Representaba los deseos sin cumplir de todos nosotros. Una mujer bellísima, ataviada como una odalisca que sugerían los contornos de su bella figura y dispuesta a satisfacer todos nuestros caprichos. Era el paraíso. Lástima que el pelmazo del mayor Nelson no se daba ni por enterado de su ventajosa posición. Además la serie se llamaba realmente "I dream of Jeannie". Nos enojábamos sólo de la envidia que nos causaba.



Nº 2: La señora Peel


Ella era Diana Rigg. Nuestra amada señora Peel de la bizarra serie inglesa "Los vengadores". Lo de señora le venía porque era viuda. Esto acrecentaba nuestra adicción hacia ella. Además, en cada capítulo jugaba con nosotros, ya que se presentaba alternadamente con un vestido formal, para luego infartarnos con un modelo provocador. No nos molestaba que coqueteara con John Steed, ya que era evidente que a este último personaje muy británico no le iban las mujeres.


Nº1: Gatúbela



!Grandiosa, fantástica, diosa¡ Julie Newmar siempre será para nosotros Gatúbela. En ella se resumían todos nuestros deseos precoces. Ser felina, poseer una figura insuperable e interpretar un personaje de una sensualidad explosiva. No negamos que muchos pedimos como regalo de navidad el traje del murciélago de ciudad gótica para sentirnos un superhéroe y salvar el día (en el caso de Batman, la noche), pero en nuestro fuero interno sabíamos que al estar enfundados como el encapotado, nuestra primerísima misión consistiría en buscar a Gatúbela.