sábado, 20 de julio de 2019

Consejo de profesores. El anti - decálogo.


1. Llegarás puntualmente al lugar de reunión para que tus colegas, ya asistentes, no se burlen de ti.

2. Aunque llegues preparado con tu presentación, la mayoría de los colegas harán como que te oyen, pero estarán más interesados en mandarse mensajes por whatsapp.

3. Solo tus jefes (as) y las (os) compañeras (os), que no tiene vida propia y son chismosos, tomarán atención a lo que preparaste con tanto esmero.

4. Lamentablemente a la hora de votar por una moción, castigo o premio que tú propongas, la tendencia la tendrá el sufragio emocional.

5. Una vez que expongas, guarda silencio y diviértete con todo lo que ocurre alrededor. Se puede perder hasta la dignidad, menos el humor.

6. Cuando un (a) colega expone y se nota que está improvisando, ríe para tus adentros. Únicamente el (la)  Director (a) sufrirá, ya que le acaba de costar $ 1.500.000 (colegio privado del sector oriente de la capital) $ 1.000.000 (colegio particular subvencionado) y $ 750.000 (colegio municipalizado) la hora desperdiciada que duró la penosa pérdida de tiempo.

7. No te duermas mientras dure la reunión. Recuerda que hay malintencionados con celulares que no trepidarán en fotografiarte y subir la imagen a una red social.

8.  Si eres un monologador empedernido, reprímete. Por mucho que gustes de escucharte, recuerda que prácticamente nadie te está prestando atención.

9. Si la (el) jefa (e) los hace sentarse en círculo, ten siempre presente que es un pésimo momento para usar notebooks, celulares o mirar, subrepticiamente, a colegas con faldas cortas y con piernas tonificadas y bien torneadas.

10. Si se da por terminada la reunión, que absolutamente a nadie se le ocurra intervenir con una opinión, alcance u observación en ese momento. Vive y deja vivir.

Bonus track para los alumnos: Es un mito del porte de una catedral gótica que se hable mal a espaldas de ustedes en estas reuniones. La mayoría desea que estos encuentros acaben lo más pronto posible.

viernes, 19 de julio de 2019

Breves historias del Matadero Franklin (1). Un pololeo interruptus.


Corrían los últimos y complejos años setenta del Chile Pinochetista. Ser adolescente de la timorata clase media criolla, hijo de un admirador del dictador, estudiante de secundaria en un colegio de momios y habitante vernáculo del Barrio Matadero – Franklin, me asemejaban a un personaje de película clase B, cuya banda sonora es acometida por unos instrumentistas saltimbanquis que tañen sus instrumentos al borde de una cornisa (sin que nadie se entere, claro está).

Ya mis hormonas habían realizado su trabajo y, a pesar de un comienzo titubeante, las féminas no eran ya unos seres angelicales imposibles de abordar. Marcelita era un metro y cincuenta y nueve de pura belleza y energía. El reloj daba las 9.15 de la noche y nos encontrábamos besándonos apasionadamente cerca del dintel de la puerta de su casa, ubicada en el Pasaje San Alfonso. Las luminarias eran unas excelentes alcahuetas de nuestro idilio, porque apenas alumbraban el lugar.

De un momento a otro, Marcelita me lanzó hacia atrás y su respiración se detuvo. En la entrada al pasaje, que topaba con la calle Enriqueta Figueroa, una intimidante figura se dibujó en las sombras. Era un hombre de mediana estatura, que a medida que se acercaba develaba sus formas. Un camisón blanco de tela gruesa, pantalón de idéntico color, faja y botas de goma negra rústicas, chorreado de sangre, tanto el pecho como las piernas y con un astil y cuchilla de hoja larga, cruzadas al cinto. Era el padre de Marcelita, que laboraba de matarife en Lo Valledor, el gran lugar faenador de animales que había absorbido a los sobrevivientes de la muerte del Matadero – Franklin.

- ¡Marcela, pa’entro! espetó ese proyecto de asesino serial, luego de dirigirme una mirada de odio que me traspasó cual bala de gran impacto.

Cuando volví en mí, me encontré solo y temblando de pies a cabeza en ese pasaje penumbroso y de pesadilla. Corrí a refugiarme a mi casa, mientras el tiempo y la distancia se volvían relativos. La desaforada carrera que inicié por la calle San Francisco, pasando por el Pasaje Santa Ana y el viraje por Bío Bío eran semejantes a nanosegundos de mi espinillera vida. Al tenderme en mi cama y calmarme, entendí que cerca me encontré de ser destazado, cual res condenada a ser trozada sin ningún miramiento.

Al día siguiente, mi papá me pidió acompañarlo a comprar los insumos a la vega, ya que su Pensión Matadero así lo requería. Caminábamos por la desaparecida calle explanada que recorría de Arturo Prat a San Francisco. Íbamos pasando frente al desaparecido retén de Carabineros, cuando diviso a Marcelita y su padre que se encontraban en dirección de colisión contra nosotros. Un escalofrío me recorrió mi lomo vetado. El hombre esta vez vestía de pulcro terno dominguero, muy alejado del tenebroso atuendo de matarife de la noche anterior. Cuando Marcelita se dio cuenta que era yo y viceversa, un pacto inmediato surgió de nuestros lenguajes corporales. Yo no te conozco. Además de encomendarse a todos los dioses del universo y que las penumbras y la escasa luz eléctrica de la peligrosa experiencia pasada hubieran hecho su trabajo, para que su padre no me reconociera.

Nuestros pasos nos acercaban cada vez más. La tensión ya era insoportable, cuando de improviso surge la magia…
-¡Don Tito! ¿Cuánto tiempo sin verlo! Dijo el padre de Marcelita. Con una voz bonachona, absolutamente fuera de programa.
- ¡Carlitos! Pero si ya ni te distingo. ¿Y esta señorita? ¿Es tu hija?, añadió mi papá.
- ¡Sí! Es Marcela. Y el joven, ¿es su hijo?

Lo que siguió fue digno de la más infame puesta en práctica del concepto hipocresía. Saludé a Carlos con un apretón de manos, intentando adivinar en su mirada si aún me reconocía y expresando el saludo más frío que me había salido hasta le fecha, hacia Marcelita. Ya desembarazado de esa agonía, continuamos el recorrido con mi papá. No pude dejar de fantasear con ese momento. Al padre de Marcelita, que nunca supo que había saludado al sátiro que intentó abordar a su pobre e inocente hija la otra noche. Por otro lado, a mi progenitor que no bailaba muy bien el ritmo de ese barrio y que ni se enteró que su hijo, quien estaba destinado, según él, a ser príncipe sin jamás merecerlo, pololeaba con la hija de un matarife.

…. Como les explico…(lo intentaré al modo del Matadero – Franklin). Mi viejo se fue a la tumba siendo siempre un levantado de raja. Y yo, un habitante que tenía los días contados en ese barrio bravo, pero no para ejercer un principado esquivo cuando abandonara ese mítico lugar, sino para ser un picado a choro del puerto, que nunca pudo ser.

viernes, 31 de mayo de 2019

Fútbol chileno S.A.


La estadística es de terror. De siete equipos chilenos participantes en copas internacionales durante este año, todos ya se encuentran eliminados en primeras fases. El último, la Universidad Católica, no pudo remontar un resultado adverso de cinco goles a cero, a manos de un equipo ecuatoriano llamado Independiente del Valle. Una empresa casi imposible. Y en años anteriores se ha transitado la misma senda. Pero en los noventa Colo Colo fue campeón de la Copa Libertadores y a poco de inaugurar el cambio de siglo, la Universidad de Chile obtuvo la Sudamericana. ¿Qué sucedió en esta última década? ¿De bicampeones de América a jugar en el patio trasero?


Toda consecuencia es producto de lo multicausal, por ende, la debacle actual no escapa a ello. Jugadores que apenas manejan las destrezas básicas del juego, tributarios de una preparación mediocre de las bases; entrenadores que juegan a no perder los partidos, como premisa básica; cuerpo de preparadores físicos que no pueden formar deportistas que sostengan un ritmo de alta competencia, ni siquiera en noventa minutos; competencia depreciada, lo que resulta en que extranjeros de dudosa calidad participen en nuestro campeonato y un largo etcétera.

 En esta oportunidad me detendré en el que creo, la predominante razón que explica las constantes derrotas de nuestros equipos de fútbol en la arena internacional de los últimos años. Esto es el sistema neoliberal impuesto en nuestro país en los años en que vivimos en peligro. Si bien, el fútbol nacional había sido intervenido por la dictadura en los setenta y los ochenta, la receta económica nacional no se había aplicado del todo en nuestros equipos. En años recientes, y bajo una ley, se comenzó a aplicar el sistema de Sociedades Anónimas a la mayoría de ellos y, luego de unos cuantos años, ya se ven sus patéticos resultados.


No soy un contrario per se a la economía de mercado y a la iniciativa privada. Lo entiendo en países que transitaron hacia ella, como consecuencia de un proceso ciudadano participativo de décadas y con los resguardos legales razonables para las clases media y baja, cuidando que la brecha lógica que se establecería al aplicarla, no dañara considerablemente a las personas de a pie. No fue el caso de la experiencia chilena. Acá se impuso por la fuerza de las armas,  un sistema de mercado salvaje en donde los que detentan el poder y el dinero, prácticamente pueden realizar lo que se les antoje, sin contrapeso legal y con la venia por más de dos décadas de la coalición de izquierda que gobernó Chile las últimas décadas.

El perfil del gran empresario chileno se conformó a la medida de este capitalismo nacional, es decir, cortoplacista, maximizador de sus ganancias en desmedro de los trabajadores de una manera insolente, con proyectos de poco vuelo y sin devolverle nunca a su tierra, a lo menos un poco de lo que había adquirido durante sus años dorados. Y esto, ¿tiene alguna relación con los paupérrimos resultados de nuestro deporte nacional? Por supuesto que sí. Cuando las sociedades anónimas se instalaron en nuestro fútbol, se publicitaron como las grandes salvadoras de la debacle financiera de los anteriores dirigentes. A poco andar, nos dimos cuenta que la realidad iba por otros caminos.

Las grandes ganancias no provienen de exitosos e innovadores proyectos propios. Se originan en el canal del Fútbol (CDF), quien mantiene en gran parte el andamiaje de esta feble estructura, con el dinero que pagamos por ver los partidos por TV. Las inversiones en divisiones inferiores son irrisorias, lo que resulta en jugadores que no poseen las garantías razonables para formarse como deportistas de buen nivel. Los futbolistas de la primera división son, entonces, un grupo de jóvenes que no tienen las competencias para destacar en este deporte. Con ello, se devalúa el campeonato y los jugadores extranjeros de alto rendimiento no les seduce venir a jugar a nuestra tierras, ya que, o son muy caros o no les interesa ser partícipes de una competencia mediocre.

No existe un plan para llevar multitudes a los estadios. Partidos aburridos, violencia de las barras bravas y, como ya se dijo, el deseo de recibir a fin de mes una tajada del tesoro a repartir que son los dineros del CDF. Es el resultado de la aplicación de un modelo neoliberal cavernario e impuesto. Ahora se entiende por que Colo Colo, la Universidad Católica, La Universidad de Chile y todos aquellos equipos que intenten medirse con cualesquiera de los equipos extranjeros sudamericanos lo pasarán muy mal y serán derrotados inapelablemente año tras año, sin que al gran empresariado del fútbol le importe un comino.

domingo, 24 de febrero de 2019

Matadero Franklin, la leyenda del cabro. Una novela del futuro pasado. (Seudo - crítica literaria)




Me crie en el barrio Franklin. Del momento en que me llevaron desde la maternidad a la calle Bío Bío, casa 731; hasta que abandoné el Matadero para estudiar pedagogía en la Católica de Valparaíso. Viví mis primeros diecisiete años de vida en ese lugar, durante las tumultuosas décadas de los sesentas y setentas. Un día del año 2018, vi la novela de Simón Soto en una librería del centro de Santiago. Con los recuerdos de mi infancia y adolescencia que comenzaban a revivir en mi cabeza, ingresé al local y compré Matadero Franklin. La leyenda del cabro. Despaché sus 328 páginas en dos días. Primera conclusión: Don Simón sabe contar y atrapa con su relato. Creo que su gran cantidad de capítulos, resueltos en no más de dos a cinco carillas cada uno, le dan agilidad a la lectura. De igual manera, la predominancia de un estilo narrativo directo y una visión omnisciente y brutalmente realista, muestran imágenes vívidas de un barrio con personalidad y leyes propias.

Lo de imágenes vívidas me llevan a la segunda conclusión: El autor investigó a fondo la época, el lugar, los personajes y las acciones, convirtiéndolas en un mosaico narrativo muy verosímil. Los pleitos entre maleantes, las relaciones de poder, el machismo exasperante y las mujeres aguerridas que sobreviven en un mundo hostil son temáticas contadas con propiedad y detalle. Mención aparte merece la descripción de la particular cocina del barrio Franklin, si bien no opta por un lirismo, al estilo de Laura Esquivel, sus cazuelas, arrollados y perniles, sazonados con los condimentos propios de Franklin, se leen y se saborean al mismo tiempo. Es esa comida popular que sobrevive y que se consume en varias cocinerías o pensiones del lugar hasta el día de hoy.

Si bien la época elegida por Soto transcurre entre los años 1943 y 1946, algunos de los acontecimientos narrados podrían tener perfecta cabida en el Franklin de hoy. Me refiero al poderío intratable del macho, aplicado violentamente sobre las hembras o las escasas féminas que sobrevivieron y aún sobreviven en ese espacio de marginalidad. Aun más, el editor, a mi juicio, acierta al aseverar en la contratapa de la novela, que la mayoría de ese mundo, sus singulares protocolos y la particular visión de sus habitantes feneció con el advenimiento del golpe de estado encabezado por el general Pinochet. No en vano, y a poco andar de la instauración de esa dictadura cívico - militar, el Matadero, en su condición de faenador de animales, es defenestrado y sus sobrevivientes reubicados en el populoso Matadero Lo Valledor, dando una puñalada artera a uno de los personajes que encarnaba la quintaesencia del barrio. Me refiero al matarife. Pero el resto de sus personajes arquetípicos aún sobreviven en las sombras.

 Un último apunte de esta interesante novela me merece la figura del Cabro Carrera. Entiendo que es una obra de ficción basada en hechos reales y que el autor altera los nombres y acontecimientos para proteger (y creo también para protegerse), a inocentes o malos entendidos. Se muestran, con pluma diestra, los inicios de este anti – héroe y su ascenso en la pirámide social del hampa de la época. Pero, como ex – habitante de Franklin me asaltan algunas dudas (que no tienen que ver necesariamente con la obra de Samuel Soto). Yo tuve el extraño privilegio de conocer, siendo niño y adolescente, a Mario Silva Leiva. Su figura, si bien infundía respeto reverencial entre sus pares, contrastaba con su patética relación con la autoridad (léase Policía de Investigaciones [P.D.I] y la policía uniformada). En varias ocasiones presencié cómo estos lo detenían o apresaban a sus cofrades. El espectáculo era digno del peor guion cinematográfico. No solo no se resistía al arresto, sino que se lanzaba al suelo y comenzaba a llorar como una magdalena, antes de cualquier apremio violento (no en vano, en la interna de la P.D.I. era conocido con el mote de “El llorón”). Mientras se llevaba a cabo este operativo, los parientes del Cabro salían a la calle dando alaridos y gesticulando ampulosamente, sin intentar siquiera un tímido rescate. Aún más, cuando algunos indeseables del hampa santiaguina, y que tenían cuitas con Mario Silva Leiva, se enteraban que era detenido, corrían despavoridamente a esconderse, ya que el Cabro los delataba de inmediato, tal vez para que las golpizas que se le venían bajaran un tanto de intensidad. Esta desclasificación de hechos contrasta con la figura idealizada que se tiene del protagonista, que insisto, en la novela de Soto no se percibe. Solo deseaba intencionar un téngase presente.

Barrio Franklin. La leyenda del cabro, es una obra literaria altamente recomendable. No solo para los que vivimos en ese singular espacio y que nos traerá reminiscencias de nuestros años idos, sino que también a los lectores que conocen este mundo del hampa chilena solo por los medios de comunicación o de oídas. Esta narración los acercará a un mundo criollo ya extinto de la realidad actual, pero vigente en la memoria de quienes, como Samuel Soto, intentan rescatar ese Chile pre – autoritario y cuyo destino se torció por intereses de una clase dominante que vive dando la espalda al resto de los habitantes de este país ubicado en el fin del mundo.

Matadero Franklin, La leyenda del cabro
Autor: Simón Soto
Editorial Planeta.
Santiago de Chile. 2018
Número de páginas: 328.


miércoles, 13 de febrero de 2019

Crónica de un buceo inesperado.


El viernes 18 de enero del año 2019 quedará marcado a fuego como uno de los días maravillosos de mi vida…

Había ahorrado mis buenos pesos durante el año 2018 y me regalé unas vacaciones en Cartagena, Colombia. Nada de andarse con pequeñeces. Veranear con estilo y en un balneario top del Caribe. A Yolanda se le iluminó una bellísima sonrisa en su rostro cuando se enteró de la invitación y la buena nueva. Contamos con impaciencia los días y los preparativos duraron hasta el día anterior al vuelo.

Luego de una parada en Bogotá y un breve viaje aéreo, nos encontrábamos en una de las ciudades más onderas que he conocido… Cartagena de Indias. Me ahorraré las vicisitudes de los días de asueto, ya que entraré de inmediato en materia.

Contratamos un tour a una de las numerosas islas que posee esa hermosa costa. Ya su nombre evocaba ensoñación. La Isla del Encanto. Nos embarcamos y, luego de un viaje de no más de una hora, arribamos a un lugar de maravilla. Mar de color turquesa, arenas blancas, clima tropical y una vegetación que explota en verde por doquier.

El tour cubría todo… casi todo. Nos ofrecieron tres actividades simultáneas anexas al pago. Una visita a un espléndido espectáculo de delfines y tiburones gato, un buceo en corales de la isla y ya el tercero se me escapa, porque la segunda opción acaparó toda mi atención. Convenimos con Yolanda y ella se decidió por el show acuático. Por nada del mundo me secundaría en mi aventura submarina. Sus pies en tierra firme y no se hable más del asunto. 

A las 11.30 hrs., llamaron a los aspirantes a hombres y mujeres – ranas. Nos facilitaron aletas y, al probármelas, un sentimiento de leve angustia me atrapó por unos segundos. Yo soy un hombre de escritorio y de sala de clases. Actividades que se ubican en las antípodas del intrépido aventurero de los mares en que me quería convertir. Más aún, cuando mis compañeros ocasionales de inmersión no pasaban de los cuarenta años y se aspectaban duchos en la materia. La breve inducción acerca de la técnica del snorquel que nos aplicaron solo acrecentó mis temores incipientes.

Abordamos la espaciosa lancha y el monitor nos informa que la actividad se realizaría mar adentro. Mi corazón ya se me salía por la boca. Pero… ya estaba aquí… y me repetía un mantra que paliaba en parte mi sensación de fragilidad: “Uno se arrepiente más de lo que no hizo, que de lo que realmente llevó a cabo”.


Nos detuvimos en algún lugar de ese inmenso Mar Caribe (la isla apenas se divisaba en lontananza). – Muy bien muchachos ¡Aletas puestas, máscaras bien sujetas y al agua!, dijo el monitor.                                               Me senté en el borde, mirando el líquido elemento que estaba más oscuro que nunca. Era el último momento de arrepentimiento que me quedaba. Salté al vacío, cual suicida entregado a su suerte. Emergí casi al instante y me aterré al verme en la superficie de esa masa de agua salada. Fue en ese momento en que el instructor nos da la orden de seguirlo e introducir la cabeza dentro del agua…


Fue un cambio radical. El fondo se iluminó como por encanto (al igual que el nombre de la isla) y mis ojos no darían crédito a lo que presenciaría durante la hora y diez minutos restantes. Eran corales interminables y de las formas más caprichosas e increíbles que había visto. Predominaba el color sepia y el azul paquete de vela y las profundidades iban desde los tres a los seis metros. Los peces solitarios, los bancos de peces y otras pequeñas criaturas marinas iban apareciendo como en un perfecto programa de variedades. Yo observaba toda esta maravilla desde arriba. Me daba la impresión de estar volando por el cielo y ser testigo de un Jardín del Edén acuático a mis pies. 

Ni siquiera el haber llegado a una fosa de veinte metros de profundidad me amilanó. Ya se sabe que el sol ilumina hasta cierta profundidad y la boca negra que divisé me hizo recordar, por solo unos instantes esas cavernas plagadas de monstruos literarios y cinematográficos. Abordamos la embarcación, luego de la singular experiencia y enfilamos la proa hacia la isla. Al encontrarme con Yolanda a la hora del almuerzo, no me pude resistir. Lloré frente a ella casi como un niño por la emoción de una de las experiencias más maravillosas que he experimentado. Al verme, entendió que ameritaba mostrarme vulnerable y más humano que nunca.   

P.S. : Juro por todo los sempiternos dioses que las fotos que se adjuntan en este texto son verídicas y que el tipo con mascarilla y traje de baño azul soy yo. ¡Aunque usted, no lo crea! 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Un mundo paralelo


Fue en el segundo lustro de los convulsionados años sesenta que mi padre me llevaba al Estadio Nacional por vez primera. Era solo un niño, el que frisaba su edad entre los cinco y siete años. Mientras él veía los partidos de Colo Colo, los clásicos universitarios y los tatoo de la escuelas matrices del ejército, yo correteaba solo o con amigos eventuales, las graderías del coliseo sin más horizonte que el de divertirme, sin conciencia del entorno.

Era el año de 1970. El país se preparaba para uno de los períodos más intensos de su historia contemporánea. Mi padre ya había realizado su trabajo con ahínco y dedicación. Su hijo era albo de corazón y vibraba con el campeonato número 10 del cacique. Asistí a la noche de Elson Beyruth, en donde le ganamos una final increíble a la entonces, poderosa Unión Española de Honorino Landa, Angulo y compañía, con dos goles del astro brasileño. Mi amor por el fútbol y el Colo Colo ha sido total desde entonces.

Habiendo dicho lo anterior y, en mi calidad de consumidor consuetudinario de contenidos futbolísticos, me pregunto. ¿Por qué nuestro periodismo deportivo no se ha ido desarrollando a la par de nosotros, los hinchas?

Como nunca antes han proliferado programas televisivos y radiales de fútbol, en donde periodistas y ex - futbolistas se sientan y comentan el acontecer de los tres equipos de mayor convocatoria nacional, tres o cuatro veces al día. Los siete días de la semana. No me opongo a la hiperbólica cantidad de programas diarios (el que no desea consumir, que se cambie de canal o dial), como tampoco a los onerosos estipendios que reciben por su trabajo. Mi crítica es otra.

Estos comentaristas y los otrora, glorias del balompié, durante aproximadamente una hora (por programa) y con escaso rigor investigador, debaten como si estuvieran en la hora de un estresante consejo de curso de estudiantes de Enseñanza Media. En sus exposiciones, se hacen carne argumentos en los que solo especulan, caen en falacias y post - verdades.

Las comparaciones, como expresa el dicho, son odiosas. Sin embargo, a veces ilustran un punto. Los programas argentinos, mezclan información pertinente, entretención y glamour. Mientras que los nacionales, discuten, o más bien pelean, como si se tratara de un tema trascendente para la humanidad, reflexionan sesudamente acerca de contenidos ("que alguien les contó por ahí") y analizan, rudimentariamente lo que ocurrió ese día en un partido de fútbol.

Tal vez, cuando entiendan que el fútbol es un espectáculo que debe maravillar a todos, dejen de ser amigos de futbolistas y realicen su trabajo de periodistas (aunque lo que descubran no sea agradable para sus relaciones sociales) comprenderán que deben aprender más sobre el juego mismo y entregarán un producto de alta calidad, en el que nos beneficiaremos todos los amantes del fútbol criollo.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Alter ego

Su debut no pudo ser más auspicioso. Bajó por la escalera de caracol al salón principal del café El Círculo y de inmediato capturó la atención de todos los parroquianos del lugar. Sus escandalosas curvas, su prominente derriere y la sensual belleza exótica de su rostro, conformaban un diabólico cóctel. De inmediato, las ventas del negocio subieron como la espuma y se convirtió en la prima donna de los cincuentones que pululaban el antro.

Las tímidas, pero lascivas miradas, los infantiles regalos y las generosas propinas comenzaron a dañar su espíritu. Se creyó la novia de la boda y, en consonancia con aquello, se dio ínfulas de diva, observando a sus compañeras de trabajo por sobre su torneado hombro y escogiendo con pinzas a los clientes que gozarían con su compañía. A los afortunados solo les permitía mirar, jamás tocar y, cuando su humor se lo permitía, cruzar algunas palabras.

El tiempo transcurría de manera monótona y ella ya no recordaba desde cuando se encontraba trabajando en el café. Días, semanas, años... El tedio y su creciente vanidad,  minaban su carácter y se volvía insoportable para las otras ninfas. Fue entonces cuando ocurrió. Descendió, provocativamente, como cada día, la escalera de caracol y se encontró de sopetón con una mujer, que si no la tuviera frente a sus ojos, daría la impresión que se miraba en un espejo. El mismo talle, diminuto vestido y mirada tentadora, salvo un tatuaje de Asmodeo en el antebrazo izquierdo. 

La otra se posesionó de inmediato del lugar, arrebatándole miradas y clientes. La estrategia era simple. Atender a cada uno como si fuera la persona más especial del lugar. Intentó imitarla, sin embargo, su naturaleza torcida hacia la petulancia le impedía tal propósito. Extrajo con desesperación una carta que creyó infalible. Recordó, de cafeterías anteriores, el protocolo del minuto feliz. Le enseñó su prominente busto desnudo a quien quisiera, pero los parroquianos ya habían cedido ante el preferencial trato de la socias.  

Fue en ese instante que la bella logró comprender su sino. El último parroquiano que atendería en esa vida, la esperaba con actitud displicente. Por vez primera, bajó las escaleras de caracol un piso más abajo de lo acostumbrado. Este acababa en el amplísimo y exclusivo sótano del café. Asumiendo que la elevada temperatura de la catacumba inexplorada por ella, desdibujaría el maquillaje de su rostro, que le había costado una enormidad diseñarlo para esa singular cita con ese peculiar cliente, dirigió sus temblorosos pasos, ya entregada a su suerte.