El automóvil se detuvo en la esquina de Teatinos con el Paseo Huérfanos y Yerko le lanzó un billete de diez mil pesos al chofer y, con su camisa y chaqueta ensangrentada, bajó del carro. Con paso lastimoso se dirigió a la entrada del Café y empujó una de sus mamparas empavonadas. Cayó de bruces al interior del establecimiento y una de las sirenas lanzó un aterrador grito al ver su vientre teñido profusamente del color rojo furioso.
Cielo lo reconoció en el acto y se abalanzó sobre él.
- Lo hice por ti, mi amor-. Las palabras de Yerko sonaban apenas audibles para ella. - A todos los que te hicieron daño los maté. Perdóname, por favor.
Cielo lo acomodó en su regazo y con lágrimas en los ojos conminó a la cajera que llamara a una ambulancia. Yerko, ya agonizante y con una mirada que pertenecía a otro espacio la disuadió. En ese preciso momento, tres matones, que venían siguiendo de cerca al moribundo, irrumpieron en el lugar armados con pistolas ametralladoras ASMI y sin dilación, acribillaron a la pareja a sangre fría, escapando raudamente del Ángeles y Diosas.
Los cuerpos inertes de ambos amantes, semejaban una imagen violenta de El beso de Gustav Klimt, cuyos dorados colores, esta vez se teñían de sangre carmesí.
Al caer la noche en Santiago de Chile, los noticiarios televisivos, mayoritariamente populistas e imprecisos a sabiendas, titulaban "Violenta balacera entre hampones venezolanos y chilenos en un Café con piernas del centro de la capital".
Los nombres de Cielo Rivera, la maracucha que soñó con torcer su destino y Yerko Catalán, quien siguió los tristes pasos del Benjamín Otálora de Borges, formaban parte de la intrahistoria, aquella que ocurre en aguas abisales, que es donde se gesta realmente la vida.
FIN


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