jueves, 28 de mayo de 2026

Mayra vs Alejandra (2° parte)

 



Con la preselección ad portas, me aguardaba la titánica tarea de abordar a la bella muchacha. Miré con desesperación a Manuel, implorando un salvavidas. El maestro, sacándole brillo a ese concepto, me contactó con Mayra, quien presta, nos atendió ese día. Luego de varios capuchinos, Manuel me allanó el camino y, sacando fuerzas de flaqueza, entablé una conversación con Mayra, delatándome ante ella como un peón que tiembla ante una reina.

Pasaron los días y había logrado unos adelantos que en mi vida creí alcanzar. Visitaba solo La Caverna y ya sociabilizaba con Mayra, utilizando algo más que monosílabos. Ella, no solamente era un sexi y hermoso ángel,  sino que se manejaba a la perfección en el difícil arte de tratar chilenos con TEA. Le caí en gracia, creo que más por mi condición de fragilidad social, que por algún perdido atractivo que podría poseer. 

A las dos semanas, me atreví a confesarle mis propósitos. Mayra rio de buena gana. - Tus propinas deberán ser más generosas-. Su sonrisa de dientes perfectos parecía extraída de un comercial del dentífrico de moda. Aceptó de muy buen talante, aunque me advirtió que si deseaba que me dedicara más tiempo para probables entrevistas o cuestionarios, estas deberían llevarse a cabo fuera de La Caverna.

 Le expliqué al profesor Manuel de mis avances y que debería desembolsar más morlacos, que mis consumos en el Café. - ¿De que monto estamos hablando, joven?-. Al saberlo, el experimentado pedagogo comprobó que su dinero cubriría las costas del trabajo y no otros menesteres. Accedió y, con una socarrona sonrisa, me conminó a que el trabajo lograra un alto nivel.

El turno de Mayra en su trabajo comenzaba después del mediodía. Por lo que nos citamos en un cafetería de la calle Mosqueto, cerca del museo de Bellas Artes a las diez de  la mañana. Llegué puntual a la cita y me senté en una de las mesitas de la terraza. Al ingresar Mayra atrajo de inmediato la vista de moros y cristianos. Vestía una parka corta que le llegaba a su cintura. Una blusa rosada escotada y calzas que dibujaban su exquisita anatomía. Su bello rostro iluminó el lugar. Se sentó frente a mi y, por algunos minutos, fui el centro de las miradas de la concurrencia. ¿Cómo ese tipo se cita con ese monumento?

Mayra rompió el hielo. - Vine porque te tomé confianza y debo confesarle a alguien algo que me he guardado por mucho tiempo. Supongo que te servirá para tu tarea de la universidad y a mi como una expiación de lo que me aflige desde la adolescencia.

(Continuará) 

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