miércoles, 27 de mayo de 2026

Mayra vs Alejandra (1° parte)


"Por doble que fuera, no he sido nunca lo que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de la ciencia y el bien del prójimo."

(El extraño caso del DR Jekyll y Mr. Hyde. R.L. Stevenson)

Me encontraba cursando el segundo semestre del Magister en Estudios de Género,  Intervención Psicosocial y Psicología Clínica en una universidad que no mencionaré, para proteger a las inocentes personas que pululan ese mundo irreal y alternativo. La profesora del ramo de Psicología Afirmativa y Diversidades (LGBTQ+) nos dio como tarea final de la asignatura un trabajo que abarcara algún aspecto psico-social de una persona real, pero que desempeñara un trabajo u oficio fuera de lo común.

Yo siempre he sido un anacoreta y me he refugiado en los libros y en disfrazarme de eterno estudiante. Ya friso los cuarenta años y poseo menos calle que una pantufla. Por ende, la encomienda de la docente me sustrajo violentamente de mi zona de confort. Intenté asomar mi cabeza para solicitar pronta ayuda a cualquier integrantes de mi curso y di con el profesor Manuel. 

Este personaje era un bonachón docente de unos sesenta y cuatro años, quien por tedio a su trabajo se había conseguido una beca y la dispensa de su colegio por dos años con el fin de estudiar lo más impracticable e inservible de este mundo, según sus propias palabras. Percibió mi condición de refugiado de la sociedad y decidió prestarme ropa, aunque retrospectivamente, me cedió un ropero entero. 

Me enteré que era un asiduo visitante de los cafés con piernas del casco histórico de la capital, cuando me invitó a visitar uno de ellos con fines que comprendí rápidamente. Ingresamos a La Caverna, un local que se ubica en el Paseo Huérfanos, casi esquina Amunátegui. Al entrar saludó a casi toda la concurrencia y las ondinas, enfundadas en coquetos uniformes lo saludaron de besos y abrazos. 

- Para el trabajo que nos encomendaron necesitamos a una persona con un laburo excéntrico, ¿no es verdad? Aquí hay superabundancia de niñas en ese predicamento-. Las palabras del profesor poseían una irresistible lógica.

Volví a mi centro de eterno estudiante nerd y encaré suavemente a Manuel -¿Nos encomendaron?

- No pretenderás realizar el trabajo solo. Somos socios en este predicamento. Yo te guío hasta aquí, te proveo de tu conejilla de indias, te solvento tus consumos y tú haces el trabajo. me parece un trato justo-. El profesor era veterano de mil batallas.

Iba a renegociar el trato, que me parecía un tanto draconiano, cuando Mayra irrumpió en escena. Una caribeña extraída de Cali. Un metro sesenta y tres de incomparable belleza exótica. Poseedora de  unas curvas rotundamente pronunciadas y una cara de pimpollo que dejaba sin aliento.

Manuel, al ver mi estupefacta expresión olfateó el buen negocio. - Creo que ya encontramos a nuestra cobaya.

(Continuará).

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