domingo, 16 de marzo de 2008

La génesis de la distopía


En el principio fue el caos...
El magnífico ser alado descendía con dificultad sobre el planeta. Absolutamente exhausto y mortalmente herido se posó sobre el macizo cordillerano. Era el refugio que había escogido durante su escapatoria. Lo recordó, ya que el plan divino de la gestación universal aún no se encontraba acabado en ese lugar.
Por más que repasaba los hechos pasados no podía comprender cabalmente lo que estaba ocurriendo. Era un levantamiento más de las huestes del averno, como otros en el pasado. Los habían derrotado fácilmente en las primeras escaramuzas, pero esta vez fue diferente. La vehemencia con que comenzó el ataque, la sorpresa del mismo y la desidia de algunos de sus compañeros fueron determinantes en el resultado.
Él combatió valientemente al lado de su señor. Uno a uno caían sus más preciados amigos. Los otrora bellísimos seres se transformaban en una masa amorfa de carne, visceras y sangre. Se abrío paso por entre el tumulto y una certera lanza lo atravesó de lado a lado. Logró escapar sin antes observar que al todopoderoso le caían encima cientos de iracundas alimañas sedientas de venganza.
Tendido entre los altos y nevados picachos sentía su fin cerca. Sus ojos se cerraron y dormitó. Se imaginó creando, junto a sus compañeros, un lugar único e irrepetible. Una isla que no fuera una isla. Por el norte se encontraría el desierto más árido del mundo. Por el sur, los hielos cuasi eternos. Por el este una cordillera que hiciera las veces de biombo climático y por el oeste un océano inmenso. La jaula de oro perfecta. Sus habitantes sólo conocerían su pequeño entorno, además los dotaría de fantásticos mecanismos de defensa: la desconfianza al extraño, la nula capacidad de asombro, el tedio como forma de vida y la capacidad de olvidar al instante lo poco que retendrían sus mentes.
-Serán eternamente felices, se dijo para sí.
Despertó sobresaltado, ya que el dolor que le causaba su herida se tornaba insoportable. Lloró sincera y amargamente por la suerte corrida por su amado líder y sus camaradas. Contempló por última vez la celestial obra inconclusa y su mirada se apagó para siempre.

viernes, 7 de marzo de 2008

El enemigo de papel


(Extraído de "Los mil días de la irresponsabilidad")


Corría el año de 1970. Yo tendría unos diez años cuando mi padre, de manera solemne y afectada, comunicó en el almuerzo dominical a los comensales que Salvador Allende había ganado la elección y sería el presidente de Chile. La familia sólo guardó silencio. Era la costumbre de los últimos años, ya que las relaciones entre los adultos de la casa se encontraban en un grado alto de tensión. Además todos manejaban esa noticia, incluso yo. La palabra política era para mí totalmente desconocida en ese entonces. Mientras jugara al fútbol con mis amigos en la calle y me dejaran ver los dibujos animados yo era feliz. Lo demás poco importaba.
- Vamos a ver como lo hará este señor y su gobierno, agregó mi padre con cierto enojo, cerrando el mismo el tema que había planteado y que nadie había querido asumir.

En aquellos tiempos la televisión chilena se encontraba en ciernes y era de una artesanía conmovedora, sin embargo para mis cortos años era un mundo mágico. Mis programas favoritos eran Los Banana Split, Kimba y Meteoro. La hora de la fantasía era de cuatro a cinco de la tarde los días de semana y de dos a tres los domingos. Odiaba las tareas que me daban en el colegio, porque las tenía que desarrollar antes de esas horas. Caso contrario gastaba ese valioso momento en conjugar verbos regulares e irregulares, dividir con fracciones o responder cuestionarios de Historia. Mis cuadernos se enteraron de mi rabia más profunda cuando llenaba sus páginas mientras el Match 5, piloteado por Meteoro, daba saltos imposibles por sobres sus adversarios en las carreras en que siempre triunfaba.


En mi hogar hasta los asuntos domésticos se convertían en una empresa destinada al fracaso. Los adultos deambulaban por la casa con el piloto automático encendido y bastaba la más pequeña chispa para que la estantería familiar se viniera al piso de manera estruendosa. Al parecer nos gobernaban unos maquinistas enajenados quienes le echaban más carbón a la caldera con el fin de llegar lo más rápido a una estación que ni ellos mismos conocían, sin importar la seguridad de los pasajeros.
Afuera, en la ciudad, se sentían los vientos de cambio. Bastaba con ojear la prensa para caer en cuenta que la inocencia se había perdido para siempre. La gente exponía sus opiniones a viva voz y con firmeza. Unos a favor y otros en contra de no sé qué. Mis cortos años no me servían para percibir lo que se venía incubando.


Mis padres se separaron por fin. Deambulé entre dos casas hasta que mi viejo se hizo cargo de mí. En la calle se respiraba un aire difícil de definir. Era una mezcla de euforia, miedo, desconfianza y enojo. Mi padre optó por lo último. Constantemente despotricaba contra el gobierno responsabilizándolo de todos los males que ocurrían en ese entonces. Comenzaron a faltar elementos esenciales en nuestra casa, tales como la carne, el café, el azúcar y la mantequilla. Se iniciaba la rutina de las "colas", es decir, esperar largas horas a las afueras de un establecimiento para conseguir lo esencial. Estas rutinas me producían sentimientos encontrados ya que paliaba la larga espera conversando animadamente con mis amigos o me hacían perder valioso tiempo, ya que no podía ver ta televisión ni jugar la infaltable "pichanga" callejera.


Transcurrieron más de dos años y la situación era inquietante. Mi padre realizaba magia para conseguir alimentos y ropa. Nos las arreglabamos intentándolo casi todo. Era inútil. Mi pandilla captaba la rabia en la mirada de cada adulto. Ésta era canalizada por dos vías. Cada vez que algún dirigente de gobierno o el mismo Allende aparecían en la pantalla chica las imprecaciones surgían de manera espontánea, o bien, algunos de nuestros vecinos que adherían al gobierno de la Unidad Popular eran sindicados como la cara visible del descalabro en que se encontraban sumidos nuestros padres.



Y comenzó la debacle. Mi padre, que en ese entonces era propietario de un taxibus, se plegó al Paro de Octubre. Todas las noches debíamos ir a revisar el vehículo que se encontraba junto a muchos otros cientos en un sitio abandonado en la comuna de San Miguel y pagar por adelantado su custodia. Lo acompañé a cuanta reunión dirigencial hubiera. Por todos lados se sentían gritos y se observaban peleas entre los adversarios. Incluso asistimos a concentraciones en contra del gobierno de la U.P.
- !Upeliento maricón, come mierda por güe'on¡
- !Allende, escucha... ándate a la chucha¡
Las consignas las gritabamos a todo pulmón. Aunque en realidad yo lo hacía porque era la primera vez que podía decir groserías a voz en cuello frente a mi padre, sin que éste me reconviniera severamente. Es más, hasta me alentaba a decirlas.


- !Hijo despierta¡. !Cayó Allende¡. Mi padre me despertó una mañana de septiembre del año 1973. Los ojos le brillaban como nunca. Subimos al techo de nuestra casa y observamos como los aviones Hocker Hunter maniobraban por entre las nubes. A lo lejos se divisiba una humareda. Por la radio nos enteramos que el Palacio de la Moneda estaba siendo bombardeado. Sin perder tiempo y henchido de felicidad, mi padre me ordenó que lo acompañara de compras. Al salir nos encontramos con uno de los vecinos "parias" que escuchaba la radio de su vieja camioneta. Se enviaban mensajes para todos los trabajadores instándolos a no abandonar sus puestos de trabajo y defender sus derechos y al gobierno. Nuestro vecino apenas alcanzó a despedirse y aceleró su vehículo perdiéndose por entre las calles semidesiertas. Mi padre sólo sonrió socarronamente.


Llegamos a la vega de Franklin y mi padre comenzó a comprar provisiones como para unas semanas. Los locatarios y el escaso público que se encontraba en ese lugar no hablaban de otra cosa.
- !Ahora lo quiero ver a este desgraciado¡
- ! De ésta sí que no se escapa¡
- !Ya estaba bueno de tanto abuso¡
Mientras adquiríamos los víveres, le comenté extrañado a mi padre que no habíamos hecho una larga fila para comprarlos. Además que todos lo que escaseaba los días anteriores se encontraba ahora al alcance de la mano. Mi viejo sintió mi mirada inquisitiva de preadolescente, me la sostuvo por algunos segundos para luego desviarla y conversar con el primero que se le cruzó por delante.
Demás está decir que al vecino de la vieja camioneta no lo vimos nunca más. Luego de unas horas, la mayoría de los vecinos embanderaron todas sus casas. Me llamó la atención que mi padre no quisiera hacerlo. Muchos años después recordé la mirada que le dediqué esa mañana de septiembre y entendí perfectamente la razón de su negativa a enarbolar el pabellón patrio.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La muerte que venía desde abajo


(Extraído de "Los tiempos del peligro solapado")


Actualmente es un tarea titánica hacer entender a nuestros hijos que existieron películas de terror, las cuales marcaron para siempre nuestras vidas. Los adelantos en los efectos especiales de los filmes de hoy, en especial la utilización de ordenadores que hacen posible casi cualquier ícono que el equipo realizador de Hollywood desee, hacen palidecer a aquellas cintas que presenciamos durante la década de los setenta.



Eramos adolescentes y corría el año de 1975. La sensación del momento era ir a ver la película "Tiburón" (Jaws). Teníamos motivos de sobra para celebrar, ya que a unos amigos y a mí, nuestros padres nos daban por vez primera permiso para ir al cine solos. Realizamos una fila interminable frente a los desaparecidos teatros Huérfanos - Central (hoy convertidos en una sede del Banco de Chile). Con la emoción de aquellos que se sienten en el umbral de la independencia, ingresamos a la oscura sala.


Comenzando la proyección se acabaron de un rudo golpe toda nuestras alegrías anteriores. Aclaro que hasta ese momento las cintas de terror que habíamos visto se circunscribían al espectro de la televisión chilena setentera, es decir, las de Boris Karloff, Lon Chaney Jr., Bela Lugosi y la época de oro de la Ci-Fi de los cincuenta. Todas ellas mostrando seres que no pertenecían a nuestro mundo cotidiano. Además no habíamos descubierto aún el terror sicológico de Hitchcock, ni el "gialo" de Mario Baba o Darío Argento. Es por ello que al ver aquella cinta tuvimos que reacomodar nuestra visión del miedo. Las tres razones poderosas fueron que durante una hora el tiburón no aparece en pantalla, pero sabíamos muy bien que se encontraba ahí bajo el agua, la música incidental inquietante que antecede la aparición de la bestia y el hecho de que el monstruo fuera esta vez un ser que podríamos encontrar perfectamente en nuestras costas.



El director manejaba a la perfección el suspenso. Primero propone un conflicto de intereses comerciales en un pequeña isla llamada "Amity". Como era temporada de verano, la aparición de un gran escualo que había devorado a una muchacha y, posteriormente a un niño, echaba por tierra las ganancias de los comerciantes del lugar. Estos desoyen los llamados del jefe de policía y abren las playas. Craso error. El monstruo cobra una nueva víctima. La muerte de un salvavidas en las fauces del pez, mostrada fugazmente en pantalla, sumados a los gritos desgarradores de la víctima al ser masticada salvajemente nos dejó sin aliento. Pero algo nos mantenía firmemente aferrados a la butaca.


Tres son los valientes encargados de matar al tiburón. Un oceanógrafo (Richard Dreyfuss), el capitán de policía (Roy Scheider) y un pescador "experto" en cazar escualos (Robert Shaw). La empresa les sobrepasa con largueza. Presenciamos por primera vez la espantosa y lenta muerte de un ser humano. El cazador es engullido por el gran blanco, pero esta vez se observan detalles. Luego de hacer zozobrar la embarcación, el satánico ser se abalanza sobre ésta y, al ladearla, el desafortunado hombre cae directamente en sus mandíbulas, las cuales devoran cada parte del cuerpo, todo esto mientras la víctima se encuentra con vida. El terror nos mantenía paralizados.



El policía, en un acto de valentía suprema a nuestros inocentes ojos, derrota al leviatán introduciendo un tubo de oxígeno en su mandíbula para luego hacerlo estallar de un balazo de rifle, causando la muerte del feroz enemigo. Sin ningún complejo mis amigos y yo aplaudimos a rabiar, sin darnos cuenta que todos los espectadores se encontraban realizando lo mismo. Era un momento de catarsis. Sin embargo, ese verano fue uno de los peores que experimenté, ya que no pude bañarme en ninguna playa, río o piscina. La posible aparición de tan espantoso ser me atemorizaba.


Bastantes años después nos enteramos que la película se había realizado a pulso. Un joven llamado Spielberg tomó el proyecto porque lo desechó otro. La fabricación de animatronics estaba en ciernes, así que los tres modelos de tiburón que los técnicos habían fabricado fallaban a cada momento, más aún en la corrosiva agua del mar. Al ver las primeras tomas se dieron cuenta que el escualo era de una falsedad impresentable y el público se reiría a mandíbula batiente. El actor R. Dreyfus estuvo a punto de abandonar la filmación presintiendo un fracaso cinematográfico que haría época y el presupuesto se les acababa. Con todo ello en contra, ¿por qué nos espantó para siempre esta historia?



La solución fue un prodigio de inventiva en tiempos de crisis. Spielberg filmó en primer lugar todas las escenas en que no aparecía el tiburón, mientras éste era constantemente reparado. Al acabar esta tarea, sustituyeron la presencia real del animatronic con simulaciones, para que los espectadores sólo intuyeran que merodeaba por ahí. Por ejemplo, que la movimientos de la cámara hicieran las veces del movimiento del escualo o la aparición de la gran aleta del pez. Pero quedaba un gran problema por solucionar. La falta absoluta de verosimilitud del robot creado. Es ahí donde radica la maestría de la película. Encargaron a la experta en montajes Verna Fields la edición de las cintas y a John Williams la banda sonora. La señora Fields realizó un trabajo de joyería, ocultando absolutamente los graves defectos de movimiento del animatronic y Williams nos legó una melodía que forma parte de nuestro sound track imaginario. A ambos les fue otorgado el Oscar por sus respectivos trabajos.


Todos estos detalles que manejamos ahora, en aquella época ni siquiera ocupaban un mínimo espacio en nuestras crédulas mentes. Además, a nuestros padres, luego de habernos dado el permiso para asistir al cine, sólo les preocupaba que llegáramos pronto a casa, ya que el toque de queda comenzaba al anochecer.

lunes, 25 de febrero de 2008

El lado B del Mundial del '62

(Extraído de "La década de la inocencia")
Algunos de nosotros cumplíamos nuestro primer año de vida, otros estaban naciendo cuando en Chile se realizó el Mundial de Fútbol de 1962. Pasaron los años y nuestros padres no escatimaban esfuerzos en relatarnos historias, datos y anécdotas que, convertidos en verdaderos panegíricos de tal evento, nos atiborraban nuestras infantiles mentes.


Todo era era absolutamente perfecto, casi una utopía. Desde el bendito momento en que los dirigentes deportivos decidieron postular a nuestro país como sede del campeonato. La obtención de tal galardón con una sentencia de uno de los miembros de la delegación, que sería casi una declaración de principios posterior: "por que no tenemos nada, queremos hacerlo todo". Lo anterior expresado magistralmente por Carlos Dittborn en el Congreso de la FIFA en Portugal. Finalmente el hecho de llevar a cabo el proyecto, a pesar de que el sur del país sufrió el terremoto más devastador en la historia moderna del hombre. Se vislumbraba la hazaña.

El desarrollo de la justa deportiva es historia. Chile ocupó un histórico tercer lugar, un país "amigo" como Brasil se quedaba con la corona, Leonel Sánchez se convertiría en leyenda al hacer justicia por sus propias manos, propinándole un izquierdazo a un italiano en pleno rostro durante un encuentro y, posteriormente, en los cuartos de final, dejando sin opción al portero ruso Lev Yashin en un tiro libre, colocando el balón en un ángulo imposible de atrapar. Jugando por el tercer lugar y con un equipo nacional al borde del colapso, Eladio Rojas le daba al seleccionado nacional el triunfo con un gol agónico en el partido de definición con Yugoslavia.

Era el gran tesoro de nuestro padres. La más bella historia jamás contada, que se repetía de cuando en vez en almuerzos familiares, paseos o al calor de una estufa en invierno. Nosotros eramos niños, pero no estúpidos. No creíamos en tanta maravilla. Debía haber algo más. Con el correr de los años y ya mayores acumulamos algunas informaciones alternativas de tal evento que, a ojos de fanáticos, serían consideradas una cuasi - blasfemia, pero a nuestro entender no lo denigran, sólo lo ubican en su justa medida, es decir, como fiel representante de un producto cultural de nuestra alma nacional.

Con ustedes el lado "B" del Mundial del 62...

Nunca quedó del todo claro la razón de designar a Chile como sede de un mundial de fútbol. No pertenecíamos al club de países desarrollados (ni pertenecemos ahora), tampoco eramos una potencia futbolística, ni siquiera en vías de mejorar. Un misterio. Sin embargo, se sabe que nuestro país inscribió su postulación de manera simbólica, ya que Argentina era la favorita, para oponerse a Alemania, lógica elección para tan magno evento. Los teutones desistieron. Los trasandinos corrían, prácticamente solos. Tal vez por ello Raúl Colombo, dirigente porteño, expresó en su discurso "Podemos hacer el mundial mañana mismo. Lo tenemos todo". Al día siguiente, Carlos Dittborn entra al inconsciente colectivo nacional con su frase para el bronce, ya citada antes. Resultado del congreso: Chile fue electo con 32 votos a favor, mientras la Argentina recibió 10 votos y 14 miembros votaron en blanco.


Nuestros padres evitaban cualquier mención al nivel futbolístico del mundial. Los cuentos iban en la dirección de engrandecer al equipo de todos y las selecciones visitantes. Pero no fue tan así. la mala suerte se presentó cuando se lesiona Pele, ídolo esperado con ansias, y no puede jugar por el scrach. Garrincha no pudo alcanzar el nivel superlativo del ídolo carioca, pero por empeño no se quedó. De los cuatro equipos finalistas, sólo Brasil poseía un historial significativo, el resto eran aparecidos. Además, no se presenciaron partidos de alto nivel. Para muestra dos botones: en la final, el gol de Amarildo fue francamante de encuentro de barrio, ya que una deplorable salida a cortar un centro del arquero checo Vilern Schogoif, deja el balón servido para que el delantero sólo la empujara dentro del arco. Mientras que en el partido de Chile- Brasil, lo tantos que les anotaron a la defensa nacional fueron una clara muestra de una desprolijidad defensiva abismante.


Fue el torneo que dio comienzo a la violencia en los mundiales de fútbol. El encuentro de Chile -Italia, quedó en los anales como "la Batalla de Santiago". Ambos equipos se dieron con todo. La pateadura que Leonel Sánchez recibio cerca del banderín del corner por parte de un defensa tano y el gancho de izquierda que le propinó nuestro ídolo en respuesta dio la vuelta al mundo. Estuvieron a un tris, ambos elencos, de darse de bofetadas, aunque empujones y combos hubo. Muchos años después, Leonel confesaría, ante una entrevista realizada por Gary Lineker para un programa deportivo europeo que destacaba a los goleadores de los mundiales, que golpeó al italiano, porque días antes integrantes del seleccionado bachicha habrían expresado en periódicos de su país que las mujeres chilenas eran muy feas.

La organización, según los dirigentes y periodistas fue impecable. Discrepamos de ello. Lamentablemente, en esta justa deportiva se inauguraban las transmisiones televisivas, por lo tanto, se mostraría todo lo que iba a contecer dentro del campo de juego al mundo futbolizado internacional. Infaltables "quiltros" chilenos traspasaron la feble guardia e ingresaron al campo de juego en tres ocasiones, a vista de toda la comunidad deportiva mundial. A saber, en los encuentros de Inglaterra - Bulgaria en Rancagua, Brasil - España en Viña del Mar y Chile - Alemania en el Estadio Nacional. En este último encuentro, un simpático jugador europeo se pone en cuatro patas para capturar al perro, causando la hilaridad de los presentes. Pero lo que daba para enterrar la cabeza en la tierra de verguenza fue lo que aconteció en el partido España -México. Un jugador, por arremeter con demasiada vehemencia siguió de largo y antes de caer se afirmó de las redes del arco, haciendo un pequeño forado en ellas. Los asistentes y veedores esperaban el cambio lógico e inmediato de la red dañada. No fue así. Entró al campo de juego un personaje, con tenida informal que extrajo de un pequeño bolso una aguja e hilo y remendó, ante la consternación de todos, la malla deteriorada. Luego continuó el partido.

Creo que no arrojamos este torneo al tacho de la basura, sino que lo dimensionamos en su justa medida, ya que sumando y restando fue un hito de nuestro deporte, ni tanto para elevarlo a alturas inalcanzables, ni tanto para denostarlo. Es decir, un campeonato mundial de fútbol a la chilena.

domingo, 24 de febrero de 2008

Encuentro mensual de hombres notables.


Nos reunimos a cenar cada primer miércoles del mes. Somos unos cuarentones con un pasado común. Estudiamos gran parte de nuestra escolaridad en el mismo colegio (no lo mencionaré para proteger la honorabilidad de nuestros mentores). Durante los primeros años de egreso, sólo unos pocos continuaron viéndose con regularidad. Pasó el tiempo y decidieron hacer el intento de hayar a la mayor cantidad de ex-compañeros posibles. La investigación contactó a varios nombres. Desde ese momento, ya hace unos diez años, un fiel y heterogéneo grupo se congrega alrededor de una mesa, degustando exquisitos platos, libando finos mostos y platicando de la vida.


Durante el primer lustro los temas de conversación apenas se desviaban del lugar común, pero éramos felices escapando de nuestras casas por algunas horas. Al comenzar el sexto año las citas languidecían. Luego de mucho cavilar se encontró la manera de reavivar el fuego. Relataríamos la historia no contada de Chile o el reverso de la medalla, bajo nuestra particular perspectiva y utilizando nuestras experiencias personales vividas durante nuestra niñez, adolescencia, juventud o edad madura. La idea tomó forma y, después de discutir a viva voz (lo que dio para dos cenas más), nominamos cada etapa de referencia, quedando como sigue:


"La década de la inocencia", "Los mil días de la irresponsabilidad", "Los tiempos del peligro solapado" y "El triunfo del mito", aludiendo a los últimos cuarentaiseis años de nuestra historia nacional.

Mis queridos cofrades, sabiendo que me castigaban de por vida, me designaron como el escribano de todas las narraciones que fueran dignas de destacar. Acepté con resignación.

Fue de consenso que la primera historia apelaría a la nostalgia más pura, la niñez. Nos enfrascamos en un nuevo coloquio y el resultado fue una votación muy sui generis de un tema un tanto bizarro que titulamos:



!Infancia en peligro¡

(Extraído de "La década de la inocencia")


Nuestros padres jamás se enterarían que las inocentes seriales de televisión extranjeras de los sesenta causaban en nosotros gran impacto. Y no nos referimos a la imitación de conductas violentas o malsanas. Lo que despertaba nuestra inquieta curiosidad eran los personajes femeninos que, cada tarde o noche, nos hacían soñar despiertos y sentir cosas que aún no podíamos explicar. La gracia se encontraba en que estos programas, aparentemente, no tenían como finalidad el despertar sexual de cada uno de nosotros, pero... !vaya cómo lo estimulaban¡ De ahí que el ranking presentado a continuación tiene una absoluta conección con nuestra líbido. Damos las gracias por ello.




Mención honrosa: Morticia Addams


Caroline Jones interpretaba a este personaje de la serie "Los locos Addams", basado en la tira cómica de Charles Addams. Cada vez que aparecía en pantaña con ese vestido ceñido a sus curvas, nuestras mentes olvidaban rápidamente acerca de qué trataba el show, ya que no escondía su sensualidad gótica, como tampoco su excelente conección con Homero en asuntos amorosos. Pero había algo que presentaba un pequeño escollo para nuestras ilusiones... era madre, lo que a veces nos ahuyentaba, dándonos terribles sentimientos de culpa (todavía no leíamos a Freud). Angélica Huston, quien asumió el papel en una película basada en la serie, no pudo borrar la imagen de Caroline.



Nº 3: Jeannie


Bárbara Eden era "Mi bella genio". Habríamos dado encantados el mejor juguete que poseíamos por decir que ella era nuestra bella genio. Representaba los deseos sin cumplir de todos nosotros. Una mujer bellísima, ataviada como una odalisca que sugerían los contornos de su bella figura y dispuesta a satisfacer todos nuestros caprichos. Era el paraíso. Lástima que el pelmazo del mayor Nelson no se daba ni por enterado de su ventajosa posición. Además la serie se llamaba realmente "I dream of Jeannie". Nos enojábamos sólo de la envidia que nos causaba.



Nº 2: La señora Peel


Ella era Diana Rigg. Nuestra amada señora Peel de la bizarra serie inglesa "Los vengadores". Lo de señora le venía porque era viuda. Esto acrecentaba nuestra adicción hacia ella. Además, en cada capítulo jugaba con nosotros, ya que se presentaba alternadamente con un vestido formal, para luego infartarnos con un modelo provocador. No nos molestaba que coqueteara con John Steed, ya que era evidente que a este último personaje muy británico no le iban las mujeres.


Nº1: Gatúbela



!Grandiosa, fantástica, diosa¡ Julie Newmar siempre será para nosotros Gatúbela. En ella se resumían todos nuestros deseos precoces. Ser felina, poseer una figura insuperable e interpretar un personaje de una sensualidad explosiva. No negamos que muchos pedimos como regalo de navidad el traje del murciélago de ciudad gótica para sentirnos un superhéroe y salvar el día (en el caso de Batman, la noche), pero en nuestro fuero interno sabíamos que al estar enfundados como el encapotado, nuestra primerísima misión consistiría en buscar a Gatúbela.

sábado, 23 de febrero de 2008

Los condenados de Plaza de Armas (X y final)


Un importante dossier para Kron
Se respiraba entrecortado en el salón de reuniones secretas de Kron. Sus asesores temblaban ante su sola presencia. La espantosa experiencia de citas pasadas justificaba tal sentimiento. El déspota se materializó, junto con su guardia privada en el nivel más alto del lugar. El silencio se hizo de inmediato.
El motivo de las vistas parecía ser rutinario, pero con el carácter de Kron nada estaba absolutamente asegurado. Los supervisores del seguimiento de los exiliados comenzaban su disertación. Uno a uno explicaban, con riguroso detalle, cada caso. Sólo callaban cuando el dictador levantaba, casi imperceptiblemente su mano derecha, indicando el término de la exposición y el turno del siguiente.
La reunión se tornaba extensa en extremo. Comenzó el turno del supervisor de los reos de la ciudad de Santiago de Chile:
- Paul Vásquez. Aún realiza denodados esfuerzos por destacar en su oficio. Se encuentra confinado en un programa de televisión pagada, sólo visto por los adeptos a un equipo de fútbol. No ha superado su adicción las drogas. Está domesticado.
- Alex y Hans Vásquez. Definitivamente separados el uno del otro. El primero intenta rutinas callejeras en solitario. En ocasiones, se presenta con un humorista nativo que no presenta mayores riesgos. Su apodo es "Cachencho". El segundo se ha sumido en una profunda tristeza. Caso perdido. Objetivo logrado.
- Roberto y Juan Carlos. Roberto se alió con un humorista de cierto renombre en las calles. Su apelativo es "El Turrón". "Turrón" llevó a su parner a un programa de televisión nocturno. Fue una de las noches más terribles de Roberto. El animador se burló de él y de su primitivo humor. Juan Carlos se emparejó con el "Banana" y crearon un binomio que cree ser exitoso, de nombre "Risas.com". Sus logros son reconocidos únicamente por los visitantes de Plaza de Armas. Objetivo logrado.
- El loco Freddy. Llamado por todos los asistentes a la reunión como "la presa fuera de programa". Las consecuencias de la operación realizada en su cuerpo es seguida con vivo interés por los facultativos de Cubewano. Se asume un gran humorista, cuando en realidad es un pelmazo. Lo único que esperan los asistentes a su espectáculo en golpearlo con intensidad en el antebrazo derecho. Es la manera que tiene Freddy de llamar la atención de su "público". Objetivo logrado con honores. Aplauso cerrado de los asistentes del salón.
- ¿Eso es todo?, expresa con voz de mando Kron.
- Eso es todo, repite el asesor.
- ¿Y que pasó con el "Chino y el "Indio"?
-Verá, su excelencia. Ellos, al parecer, se suicidaron, ya que no se registra actividad sico - motora alguna.
- Bien... verifique esa presunción. De ser así. Cerramos esos casos con el deber cumplido.
Retírense!
Hacía tiempo que los asesores no presenciaban una reunión tan exitosa. Se felicitaron mutuamente y esa noche durmieron plácidamente. Sin embargo no existían razones para ello. El caso es que el "Indio" y el "Chino"descubrieron la manera de escape por simple casualidad. La clave se las dio el mismo habitante de la ciudad de Santiago, es decir, el perfil de su personalidad.
El "Chino", primer reo llegado a a la tierra, comprendió con los años que el habitante chileno, en especial el santiaguino, escapa a su realidad y acepta gustoso la que le proponen sus líderes, sin presentar reparos. Para ello, el olvido, la monomanía, el tedio, la rutina, la paranoia a lo desconocido y el fatalismo son elementos que producen un cóctel irresistible.
Estos cómicos, seres de mente superior, se sometieron a un proceso de empatía con la mente nacional. El resultado les trajo como consecuencia la quema de los dispositivos alojados en sus mentes y la posterior muerte cerebral. Eran dos entes deambulando por las calles de la capital sin mayor interés que una ignorante supervivencia. El resto de los humoristas, agradecidos de sus amigos de ruta, seguirían felices, y esta vez para siempre, sus pasos.

viernes, 22 de febrero de 2008

Los condenados de Plaza de Armas (IX)



Los humoristas callejeros en los tiempos del simulacro



Con el advenimiento de la democracia en Chile los cómicos peatonales vislumbraron una luz de esperanza, que les hiciera mejorar, aunque sea levemente, su precaria situación.


Eran tiempos difíciles, pero las circunstancias y el hecho de que eran personajes con cierta fama alternativa los obligó a asumir una postura. Fueron perseguidos por la policía de Pinochet, encarcelados por actuar sin permiso en la vía pública (aunque se lo habrían denegado si lo hubieran solicitado) y confinados en la Plaza de Armas. No cabían dos opiniones. Se presentaron ante los líderes de la oposición al dictador ofreciendo sus servicios.


En 1988, según la constitución impuesta, se debía plebiscitar un candidato para gobernar por ocho años más. A nadie le sorprendió que el mismo General, que había gobernado con mano de hierro durante quince años se presentara como candidato único. De vencer en las urnas, se proyectaba una dictadura de 23 años. Sin embargo, y de no haber fraude electoral, se podía derrotar al adversario.


Todos los humoristas trabajaron arduamente para convencer a la gente que no debían temer a votar en conciencia y convirtieron a la Plaza de Armas en un espacio de proselitismo permanente. El tiempo avanzó vert¡ginosamente y un dichoso 5 de octubre la ciudadanía le dijo no al tirano. Volvió la libertad perdida. La ocasión para librarse de Kron que esperaban los Vásquez, Los Totoreto y Cia. se presentaba en bandeja de plata.


Fue pasando el tiempo. La efervescencia se aquietaba. Con voz queda consultaron por sus demandas, pero se les dijo que el enemigo era poderoso y se debía caminar con pies de plomo. Se les explicó que se estaba aplicando "la política de los acuerdos". Eufemismo que escondía el evidente pavor del primer gobierno concertacionista hacia los militares. Ellos esperaron por una nueva oportunidad. No percibieron las señales.


El segundo gobierno destacó por todo el orbe que la economía nacional iba en franca alza. Los números y los especialistas así lo indicaban. El "Chino", más experimentado que sus colegas, comenzó a oler a podrido. Las contradicciones eran alimento diario de los actuales líderes políticos. El sistema político - económico de la dictadura se estaba aceptando sin reparos. Estas contradicciones llegaron a su cenit cuando los perseguidos y exiliados de ayer, se pelearon con el mundo entero para traer sano y salvo a su carcelero, que estaba siendo juzgado en el extranjero por crimenes de lesa humanidad. Una lectura simple mostraba un país maduro y reconciliado, sin embargo el contubernio ya se encontraba en marcha.


Esta vez los Vásquez creyeron ver un destello de reivindicación a sus demandas en el tercer gobierno concertacionista al mando de un socialista. La imagen así lo indicaba. Soberbio orador y perfecto manejador de los mass media, este nuevo líder daba, al parecer, el ancho que ellos estaban ansiosamente esperando. Promesas y viento del sur fueron un solo elemento que se extravió para siempre. Incluso la ironía apareció en gloria y majestad. Un defensor de los desposeídos llenando los bolsillos de oro de los poderosos.


Fue entonces que la pandilla entendió a cabalidad lo que estaba sucediendo. El plan brillantemente fraguado durante los setenta y ochenta, usando a la milicia como ejecutante se cumplía a cabalidad en los noventa, esta vez con unos políticos pusilánimes y que cobraron su premio por servicios prestados. El gatopardismo en acción. Cambiar para que todo permanezca igual... diabólicamente brillante.


A Kron sólo le restó sonreir. En la tercera roca después del sol lo habían emulado con creces.


(Finaliza con "Un importante dossier para Kron")