domingo, 7 de julio de 2024

Godzilla destruye Santiago de Chile (III parte)

 

Los adláteres de Takashi, convertidos en ratones de bibliotecas virtuales, extrajeron la mayor cantidad de información posible del carácter y personalidad de los habitantes de la República de Chile para comprobar si serían presa fácil de un pánico colectivo. En la actualidad registraban una estadística menor de hurtos simples, robos a mano armada y asesinatos. Todo aquello comparado con sus vecinos próximos y distantes del continente americano. Sin embargo, su percepción de inseguridad era uno de los más altos de la región. Tal contradicción se explicaba por variadas razones, aunque predominaban las que apuntaban a que la mayoría de los medios de comunicación masiva le pertenecían a un grupo de empresarios con una ideología muy definida, los que usaban el miedo, la desconfianza y el tremendismo como efectivas armas de manipulación, sumado a la triste realidad que un numeroso contingente de sus habitantes mayores de edad no comprendían bien lo que leían. Más aún, los cineastas nipones, perfeccionistas en todo lo que realizaban, descubrieron que esta singular cualidad recelosa, acompañada del escaso capital cultural por falta de lectura se sustentaba en varias décadas atrás. 

Los japoneses reconstruyeron una línea de tiempo en retrospectiva que daba cuenta de la susceptibilidad de chilenas y chilenos. En enero del 2007 y agosto del 2006, respectivamente, en canales de televisión nacionales se proyectaron dos documentales. Uno de ellos llamado Último minuto, que recreaba un tsunami que destruía Iquique, una ciudad del norte del país y en 2006 la National Geografic, un terremoto ficticio en el puerto de Valparaíso. Las reacciones no se hicieron esperar. Desde los crédulos que comulgaron con ruedas de carreta y se tragaron todo, pasando por connotados habitantes de ambos puertos que deseaban demandar a los directores de los documentales por el daño causado a la imagen turística de ambas localidades. Incluso, la fecha la consideraron altamente inapropiada, debido a que se conmemoraban cien años del gran terremoto de 1906 que dejó terribles daños y miles de muertos en la Joya del Pacífico. Takeshi, demostrando que caminaba varios pasos más adelante que su gente, les platicó a los suyos que en plena dictadura cívico - militar, específicamente en el año de 1986, una operación comunicacional ideada por un ministro de apellido Cuadra, intentó, con gran éxito, convencer a sus compatriotas que el cometa Halley surcaría los cielos de ese ingenuo país y se detectaría en todo su esplendor y a simple vista, acción imposible a todas luces. Chilenas y chilenos se congregaron en distintos lugares prestos a vivir un momento épico de sus vidas, experimentando una gran decepción, debido a que el Halley brilló por su ausencia. Muchos años después se develó el fraude. Los habitantes de ese lugar pasaron por alto la efervescencia social por el descontento contra el dictador y las protestas callejeras disminuyeron en su convocatoria, el tiempo que ese objeto espacial supuestamente surcaría los cielos de Chile.

El corolario de esa retrospectiva los remontó al 2 de junio de 1962. Día que que ocurrió la Batalla de Santiago (Battaglia di Santiago para los italianos). Unos cuantos años antes, dirigentes deportivos chilenos presentaban en Lisboa su candidatura oficial para convertirse en sede del Mundial de Fútbol, adjudicándoselo con una gestión que fue considerada una hazaña. Los periodistas tanos del diario Il resto del Carlino de Bolonia, Antonio Ghirelli y Corrado Pizzinelli viajaron a Chile una cuantas semanas antes de la justa deportiva y se empaparon del sabor local.  Sus impresiones las publicaron en una nota que se tituló : Santiago, i confini del mondo: l'infinita tristezza della capitale cilena, mostrando a sus compatriotas un ciudad subdesarrollada y melancólica, en donde la prostitución, la pobreza, el analfabetismo y la miseria la convertían en su marca de fábrica. Aún más, el escrito se preguntaba si ese contexto no afectaría gravemente el ánimo y la producción futbolística de los deportistas de la azzurra. El Mercurio, un conservador diario local, reprodujo el contenido de este artículo que indignó a la población. Ambos periodistas bachichas se vieron obligados a abandonar el país. En una calle de Santiago unos sujetos agredieron a un periodista argentino, confundiéndolo con Guirelli o Pizzinelli y un pasquín llamado Las Últimas Noticias trato a los italianos de fascistas, mafiosos, drogadictos e hipersexualizados,  ¿El resultado? Ese 2 de junio se llevó a cabo uno de los partidos de fútbol más violentos de los que se tengan memoria. Los equipos chilenos e italianos entraron al campo de juego en un ambiente de hostilidad insoportable. En largos minutos del encuentro se dedicaron a darse de alevosos puntapiés y golpes de puño. El árbitro superado totalmente por la situación, intentaba vanamente controlar lo incontrolable. Espectadores del viejo continente observaban asombrados ese dantesco espectáculo, ya que era el primer mundial de fútbol que se transmitía en directo a los que poseían la tecnología para verlo. Los tiffosi aún hoy recuerdan el izquierdazo que el jugador chileno Leonel Sánchez le propinó en pleno rostro al italiano David, luego que este último lo pateara en el suelo. El encuentro acabó con dos jugadores italianos expulsados y los locales imponiéndose por dos goles a cero. El revuelo futbolístico fue de tales proporciones que se convirtió en el crisol de las actuales tarjetas amarillas y rojas, que sancionarían cualesquiera incidente dentro del campo de juego.

Takeshi Yamazaky había reunido toda la información requerida. Los habitantes del austral país, en especial los de de su capital Santiago, eran definitiva e históricamente crédulos, cándidos, alarmistas y la cualidad que adoró el cineasta... susceptibles. El escenario se encontraba dispuesto. Godzilla se acercaba a pasos agigantados a Santiago de Chile.

miércoles, 3 de julio de 2024

Godzilla destruye Santiago de Chile (II parte)


Takashi reunió a su equipo de trabajo y les propuso su idea. Las mentes pensantes la evaluaron con la distancia que les daba el camino recorrido. Sorprender a una audiencia en el siglo XXI, que había sobrevivido a la turbulenta centuria anterior y que ya no comía vidrio no era recomendable. Más aún, cuando los dueños de la franquicia de los estudios Toho lo acicateaban con una pronta secuela de Godzilla. Pero Takashi se caracterizaba por su tozudez y obstinación. Urgió a su gente y los congregó para una lluvia de ideas. Durante cuarenta y ocho horas seguidas torturó a su equipo, hasta que a Masahiro Ishiyam, el colorista del grupo, se le iluminó la sabiola y propuso una búsqueda de un grupo numeroso de personas crédulas, inocentes y susceptibles de un país, región o localidad a las que se les aterrara con un mockumentary o falso documental, usando al abominable monstruo nipón y emulando el estilo inicial del gran maestro Welles.
 

El equipo completo compareció ante Mitsuru Shimada, Presidente de Toho Estudios, con la propuesta plasmada en una primorosa presentación audiovisual de alto estándar. El mandamás nada más escuchó la propuesta y estuvo al punto de enviar a Takashi y su corte a la mismísima cima del monte Fuji. El carcamal les espetó que la idea carecía de sentido comercial, la intrascendencia le invadía y el agua le entraba por todos los costados. El joven cineasta no se amilanó y usó su cuenta corriente cuyos fondos se sustentaban en la fama reciente. Además le recordó que poseían un contrato de, a lo menos, tres proyectos de  films de la saga de Godzilla. Shimada reflexionó y su sentido empresarial oportunista surgió en ese momento. Accedió a aprobar unos 790 millones de yenes (un poco más de cinco millones de dólares) y que Takashi se las arreglara como pudiera. Esa exigua cantidad poseía como objetivo que desistiera de su peregrina idea y que volviera a la cordura de un proyecto comercial masivo y altamente rentable. Sin embargo, la contumacia de galardonado oriental lo consumía por dentro. Aceptó el reto. Una nueva y desgastante junta creativa era convocada. Un semana completa de propuestas y contrapuestas, de gritos y nervios alterados se llevaba a cabo. Pero apareció una tenue luz al final del túnel. Con el risible presupuesto asignado realizarían varios teaser, que predecirían a un supuesto mockumentary que no se realizaría nunca, debido a que estos cortos consumirían todo el dinero. El objetivo siguiente consistiría en hallar un grupo numeroso de gente que armara un lio bárbaro al ver en pantalla imágenes del descomunal dinosaurio destruyendo alguna de sus ciudades, creando la ilusión que efectivamente sucedería. Takashi ya poseía alguna información preliminar. Se adelantó a su equipo y les ordenó que realizara un urgente y efectivo estudio del comportamiento de unos singulares habitantes de un país que se encontraba en las antípodas del primer mundo.

viernes, 28 de junio de 2024

Godzilla destruye Santiago de Chile (I parte)




Ese 24 de mayo del 2024, Takashi Yamazaki, ingresó por la puerta ancha al selecto grupo de cineastas ganadores de un Oscar. Pletórico, subió al proscenio, junto a su equipo, a recibir la mayor distinción del film en la categoría de los Mejores Efectos Especiales. No solo eso. Era la primera película japonesa en ser nominada y obtener el codiciado premio de ese rango en toda la historia cinematográfica del país del sol naciente y recreando nada menos que a unos de los íconos más representativos de la cultura pop oriental, Godzilla, el monstruo destructor. La cinta se denominaba Godzilla, minus one. El novel director recibió un tratamiento de rockstar en su tierra. Entrevistas a granel en los principales medios de comunicación, invitación a foros de connotados cinéfilos y ofrecimientos de proyectos al por mayor. No cabía duda alguna, era su momento de brillar. Sin embargo, un oscuro pensamiento le aguijoneaba su mente.      

Logró la cima y por experiencias de otros creadores del celuloide, sabía que esta era efímera y veleidosa. Urgía reinventarse, luego de la estrella alcanzada. Caviló por algunos días en su departamento de Tokio. Reflexionó tendido en su cama, se concentró mirando el techo y meditó sentado en el excusado. Nada. Hasta que clavó su mirada en un cuadro que portaba una fotografía de Orson Welles, su admiración máxima. Recordó que el primer acierto del maestro fue causar gran sensación y pánico colectivo en Nueva York y Nueva Jersey, cuando transmitió por radio un programa que adaptaba la novela de H.G. Wells La guerra de los mundos, la que transmitía en directo la llegada de marcianos invasores a la tierra. Uno de los mejores directores de cine le trazaba el nuevo camino a recorrer desde el más allá. Impactar a la audiencia con un golpe de efecto demoledor y que se adhiriera al imaginario popular para siempre.

martes, 25 de junio de 2024

Las condenadas del Café Taj Mahal (III parte y final)


Las asiladas del Taj Mahal se aprestaron a tomar palco para el encuentro que prometía ser épico. Wanda, la recién llegada, la novel asomada, decidía enfrentar a la poderosa y nunca derrotada Lilith. En un comienzo los primeros fuegos se circunscribieron a aviesas miradas que se cruzaban en los vestidores y topones leves cuando sus pasos se cruzaban en los pasillos del recinto. Prosiguió con una serie de cotilleos entre los clientes que atendía la otra. Derramaban restos de jugos, café y otras yerbas en las mesas que les eran asignadas a la contrincante. Al término del día intentaban birlar el monto de propinas ganadas, ya sea Lilith a Wanda o del revés. La temperatura subía en el café y ya las otras mozas temieron lo peor. 

Hasta que llego el día. Tal como una escena de un spaghetti western dirigida por Sergio Leone, con música de Ennio Morricone, ambas amazonas se prepararon para representar su día de furia. La locación fue el espacioso baño de mujeres. El momento, el final de la tarde, cuando Macabeo Mora ya había abandonado su negocio con la suculenta recaudación del día. Se insultaron con unos epítetos extraídos del peor centro de malevos que se tenga memoria. En la siguiente coreografía aparecieron los primeros impactos, en donde patadas, cachetadas, certeros golpes de puños y mechas firmemente remecidas les provocaban fuertes dolores a las bellas. Las otras sirenas acudieron raudamente cuando los gritos escapaban de ese tocador e inundaban todo el lugar, más se les volvió imposible entrar, ya que Wanda había pasado el cerrojo de la habitación. Lilith, más alta y robusta, sacó una leve ventaja, sin embargo, no contaba con la niñez de Wanda. Criada entre hermanos, se abría paso con astucia y maña para derrotarlos. Insertó sus dedos en los ojos de su némesis y la tumbó al suelo de inmediato, pero cuando le iba a asestar un frasco de perfume barato en plena cabeza con posibilidades de herirla gravemente, la puerta fue derribada por un mocetón de la limpieza.

Wanda sintió que una firme mano la cogía de la muñeca, inmovilizándola. Intentó inútilmente zafarse, más al mirar al muchacho le sorprendió su cadavérico rostro y su huesuda mano. Las mujeres que ya se encontraban dentro del toilette exhibieron sus muñecas frente a ella y Wanda, espantada, descubrió las variadas cicatrices que rajaban sus carnes. Volvió la vista a su frustrada víctima, que aún se encontraba despaturrada en el suelo. Un hilo de sangre manaba de su cien derecha. - Esto no es posible, manifestó la bella y sorprendida damisela. - Yo no le reventé el frasco en la cabeza. Lilith se levantó y le enseñó la espantosa herida de bala que se encontraba enquistada hace varios años en su cabeza. Las caretas cayeron estrepitosamente. La epifanía esperada por los regentes y niñas del Café Taj Mahal se adueñaba de Wanda al fin. Recordó a su hijo abandonado por ella en Venezuela y visualizó nítidamente su propio cuerpo intoxicado por las pastillas e inerte en el cuarto de una multitienda del centro de Santiago. Comprendió que su estadía en aquel último café se extendería por un larguísimo tiempo.   
         
Cobraban nítido sentido las palabras con que fue recibida por vez primera en este trabajo... 

- Calzas a la perfección con el perfil que buscamos para este café.

                                                   FIN

miércoles, 19 de junio de 2024

Las condenadas del Café Taj Mahal (II parte)


 Cuando Wanda fue reclutada en el café Taj Mahal se enteró que era un próspero negocio de los hermanos Mora. El imperio en su momento de mayor gloria, contaba de siete locales con excelentes ubicaciones en Santiago. Desavenencias propias de estos comercios basados en la explotación vergonzante de las sirenas y el afán desmedido de lucro acabaron por romper la unión familiar. En la actualidad permanecían tres recintos. Los defenestrados sucumbieron debido a que los Mora que administraban  esos cementerios vivientes eran reconocidos por excederse en sus arrebatos violentos, una procrastinación insoportable, desear lo ajeno y jamás reconocer error alguno. Sobrevivían tres sitios regentados por Ramón, Adamu y Macabeo, quienes gestionaban con férrea disciplina, convirtiendo a sus emprendimientos, al contrario de sus otros hermanos, en el paradigma a seguir. 

Wanda ingresó primeramente al Taj Mahal de la calle Morandé. Brilló de entrada. Los clientes rápidamente la ungieron como favorita, debido a su notoria belleza y su trato personalizado. Mas, las miserables propinas dadas por la mayoría de los clientes la desanimó. Sus sueños nocturnos ya le parecían cada vez más preocupantes. Amó a los hermanos Mora, cuando la subieron de nivel y la trasladaron al café del Paseo Estado, que se ubicaba frente al edificio de unos tribunales. Nuevamente arrasó con su personalidad magnética y su coquetería caribeña. Sonrío para sus adentros cuando descubrió que ese lugar era denominado el Café de los Cerdos, ya que la mayoría de los clientes eran obesos, incluso algunos derechamente mórbidos. Lo que no era ningún obstáculo para que estos singulares seres desembolsaran suculentas propinas. Podía vivir sin sobresaltos con lo recaudado por las preciadas propinas, ya que su sueldo en todos los locales, era el mínimo. No extrañó a nadie que fuera promovida al Taj Mahal de la calle Agustinas. Sus compañeras de ruta le advirtieron que, si bien, las ganancias sobrepasaban el millón de pesos al mes. La lucha por conseguir ese monto era encarnizada y las bellas de ese lugar darían batalla sin cuartel a cualquiera advenediza recién llegada.

Desde el primer día Wanda percibió que este local distaba bastante de las prácticas de los anteriores. El ambiente exudaba provocación constante. Las mozas se atrevían a lucir sus eróticos uniformes de manera desenfadada y los clientes que consumían a lo grande eran disputados por las niñas en fratricidas combates y utilizando armas seductoras muy variadas. En sus pesadillas comenzó a reiterarse la difusa imagen de un pequeño frasco de plástico cilíndrico. Desplegó su encanto, el que le había reportado singulares triunfos en los anteriores recintos. Fue insuficiente. Las endiabladas garzonas eran tan diestras en el arte de la atracción sexual sin compromisos carnales posteriores, que daba la impresión que le llevaban décadas de ventaja. Es más, enemistaban a los clientes más incautos indisponiéndolos con la competencia. Lilith, la abeja reina de ese panal con aroma a expreso y cuya estadía en el lugar se perdía en la memoria de los regentes, reinaba de manera despótica. 1.75 de estatura, de piel de alabastro, turgentes senos, pronunciadas curvas y un rostro bellamente huidizo, acaparaba grandes cantidades de propinas y hacía de la amenaza su herramienta más eficaz. Para Wanda significaba el enemigo a derrotar. Y con una bélica y decisiva acción debía ganar a lo grande.       

viernes, 14 de junio de 2024

Las condenadas del Café Taj Mahal (I parte)


- Calzas a la perfección con el perfil que buscamos para este café. 

Wanda escuchó estas palabras con un alivio conmovedor. Había llegado desde Caracas a Santiago de Chile hacía ya tres años, dejando encargado a su único hijo con su abuela. Sus escasos trabajos pecaban de una mediocridad monótona. Aseadora en un edificio maloliente en Recoleta, garzona de un añoso y derruido restaurante de Gran Avenida y vendedora en una tienda del retail en el casco histórico de la capital. Este último laburo, hasta ese momento era el peor, ya que los compañeros de trabajo hacían de la traición su lema de vida y sus jefes abusaban de su poder jerárquico. Le habían comentado que el Taj Mahal se encontraba en la cima de la montaña de los  cafés con piernas de aquella urbe y que las ganancias en dinero inmediato eran inusitadas. Ya se había mirado al espejo de su habitación y este le replicaba una y otra vez la hermosa caribeña que ya robaba miradas en su tierra natal años antes.

Cada ninfa asumía su papel preestablecido. Las vestían con unos modelos que se enfundaban a sus cuerpos como si fueran su segunda piel y que apenas les cubrían sus esculturales curvas. Unas horas antes, y en sus departamentos, dedicaban casi tres horas a una sesión de seductora estampa que incluía extensiones de cabelleras, uñas acrílicas y un maquillaje facial tan perfecto, que parecía una obra de orfebres de la cosmética. A las dos semanas Wanda se encontraba absolutamente interiorizada del modus operandi de su nuevo empleo. Fue en ese momento que comenzaron sus pesadillas nocturnas que, en un comienzo, eran un pequeña piedra en su zapato. Ya en el café detectó que sus emociones y pensamientos debían esconderlos muy dentro de ella, porque siempre debía atender, sonreír y coquetear moderadamente a los parroquianos. Estos oscuros hombres que arribaban al café inesperadamente, eran tazados por las mozas y clasificados internamente.  

Existían los peces gordos. Aquellos que dejaban suculentas propinas por cada atención prestada y que, lamentablemente, eran los escasos. Los habituales aparecían casi todos los días de la semana y aunque sus bonificaciones eran mesuradas, eran apreciados, porque a fin de mes lo recaudado era más que interesante. Los esporádicos se manifestaban muy de tarde en tarde en el lugar y sus ñapas las mozas las mentaban como frugales. Los tacaños aparecían de últimos en esta singular lista. Consumían y abandonaban el recinto más con pena que con gloria, debido a que no dejaban ningún maldito peso en sus mesas. Se ganaban el total desprecio de la muchachada, deseándoles solo un pasaje sin retorno. Wanda se sentía un tanto cerca de algo similar a la antesala del paraíso, debido a que por fin encontraba un lugar que le entregaba cierta estabilidad. No imaginaba que le deparaba un futuro de dulce, para caer luego en el agraz.

miércoles, 5 de junio de 2024

Vampirismo docente (VIII parte y final)


Nadie se enteró como realmente comenzó todo, pero ese año de 2035, el 3 de agosto para ser exactos, fue el comienzo del ocaso de la civilización humana tal como se la concebía hasta ese fatídico momento. Dorian, amante empedernido del cine, desde que lo descubrió en una concurrida feria parisina de ese alejado 1895, aunque siempre supo lo que se avecinaba, en esta ocasión quiso soñarla como un acto demencial de militares desquiciados tal como el Dr. Srangelove de Stanley Kubrick; tal vez a un error informático que ocurre en Punto límite de Sidney Lumet; al exceso de contaminación y superpoblación de Blade Runner de Ridley Scott, su film favorito o un virus creado por el hombre, al igual que sucede en Doce monos de Terry Gilliam. Sin embargo, la realidad extrañamente va de la mano de la ficción artística de anticipación y aquello Dorian lo aprendió a través de su tristeza perpetua. Las ojivas nucleares comenzaron a sobrevolar por toda la tierra y se convirtieron en oscuros heraldos que portaban la espantosa noticia que el poder, la soberbia, la ambición ilimitada y la ausencia de empatía son una mezcla explosiva devastadora. En solo horas, las principales ciudades del mundo fueron reducidas a su mínima expresión, causando una destrucción nunca antes vista por ojos humanos.                                                                                                                                                                                        
La muertes de hombres, mujeres, ancianos y niños se contaron por millones. Los más afortunados solo sentían un inmenso fogonazo para, posteriormente, desvanecerse en el aire. La gran mayoría perdía la vida de las maneras más abyectas posibles. Veían desmembrase sus extremidades, mientras sus ojos se salían de sus órbitas y su piel se desprendía a jirones. Todo ello en medio de insoportables dolores. A otros, los alcanzaba la nube radioactiva que iba cubriendo lentamente gran parte del planeta y se quemaban por dentro, ahogados en su sangre y bilis que vomitaban por sus deformadas bocas. Los que creían haber escapado de este infierno por habitar lugares remotos, los gases tóxicos los eliminaban lentamente, llagando sus cuerpos con terribles heridas. Su agonía se extendía por algunos días y fallecían en medio de atroces convulsiones.                                                                                                                                                                           
Dorian, quien decidió permanecer en la ciudad de Santiago de Chile por ser el país más austral del mundo, predijo esta devastación décadas antes, pero su negra estrella le seguía acompañando y absolutamente nadie dio fe de sus vaticinios expuestos en sus clases. Se enteró que varios misiles habían hecho blanco en la mina de cobre de Chuquicamata y el Estrecho de Magallanes, objetivos que obedecían a la lógica de la supuestamente extinta Guerra Fría del siglo XX. Decidió esperar su derrotero, realizando una larga caminata al cerro Chacarillas. En vidas anteriores, aprendió el quechua y el mapudungun y deseó desaparecer poéticamente, ya que el apelativo del aquella cumbre capitalina significaba centinela y lugar de paz, respectivamente. Como ya creía saberlo todo se creyó convertido en un dios, no por una malentendida omnisciencia, sino que siempre estuvo en la tierra y aprendió que la vida es una rueda que gira sobre su eje de manera monótona y reiterativa. Mientras su piel ya comenzaba a desprenderse del resto de su cuerpo, uno de sus últimos pensamientos fue el recordar a aquel personaje de su película favorita, quien expresaba que todos sus recuerdos se esfumarían como una lágrima en la lluvia. Sin embargo, Dorian sabía en su interior que en su particular caso no era verdad, ya que retendría en detalle absolutamente toda su vida eterna, y, a pesar que la humanidad ya había malgastado todas sus oportunidades sobre el tercer planeta, algunas sabandijas lo revivirían para ser el único testigo del siguiente estadio que arribaría a la tierra y su triste periplo sempiterno lo mantendría como único testigo de los hechos venideros. 

                                                      FIN