lunes, 28 de octubre de 2024

La rebelión de las sirenas (1° parte)


"Proletalier aller Länder, vereinigt Euch!"
(Manifiesto Comunista. Marx y Engels) 

La llegada de Macarena Pellegrin alteró las vidas laborales de un puñado de muñecas para siempre. 

Férula, un café con piernas ubicado en pleno centro de Santiago de Chile, era gobernado con mano de hierro por Lucía Klement, una matriarca descendiente de alemanes, cuyos bisabuelos se habían instalado en Buenos Aires y su descendencia cruzó la Cordillera de los Andes para radicarse en la capital del país. La selección de personal era llevada a cabo rigurosamente por ella. Contrataba, de preferencia, colombianas y venezolanas. Las razones de ello eran variopintas. Su exuberante belleza, la simpatía y alegría en el trato y la coquetería innata que desarmaba a los parcos clientes que pululaban el lugar. Sin embargo, otros oscuros, pero evidentes motivos venían aparejados con los anteriores. Eran inmigrantes ilegales en busca de una regularización que demoraba en cuajar. Aquello las volvía dóciles y obedientes y el encontrarse en tierra ajena y no dominar el estilo de vida chileno, las llevaba camino a la prudencia exagerada. Eran fáciles presas para Lucía, que hacía y deshacía con cada una de ellas. Les cancelaba el salario mínimo, con la excusa de que las propinas eran suculentas. Lo anterior era una verdad a medias, ya que una vez que lograban una cartera de clientes considerables, las niñas podían aspirar a ingresos mayores. Se les exigía una imagen perfecta, es decir, sensual maquillaje, uñas primorosamente arregladas, una faja que acentuaba su cintura, la que era pagada por ellas. Unos zapatos de plataforma y medias elasticadas, también cancelados por las ninfas, al mismo proveedor de las fajas, que, ¡oh, casualidad!, era pariente de Lucía. El provocador look, cuyo erótico uniforme era lo único proporcionado por la empresaria, era supervisado personalmente y en detalle por la señora Klement. La amarga cereza de este fantasioso postre lo conformaban la prohibición total del uso de teléfonos celulares en el turno del trabajo y sentarse para descansar.  Se sumaban a ello unos escasos veinticinco minutos para almorzar y el castigo de realizar turnos los sábados, a la que vendiera menos cafés y comidas a los clientes.

Sin embargo, arribó un 22 de septiembre del 2024 al café Férula, Macarena Pellegrin.

Llamó la atención que la dueña contratara a una chilena. Era sabido que, en especial las santiaguinas, poseían un generoso busto, pero eran mentadas entre las caribeñas por poseer una retaguardia caída y la cintura escasamente pronunciada. Además de tener un pobre manejo de la naturaleza de los parroquianos que visitaban el café. No obstante, al ver a Macarena, todos los mitos se volvieron trizas. Era un metro setenta y seis de belleza austral. Abundante cabellera azabache, desordenada a propósito. Ojos pardos y vivaces. Senos turgentes, cintura de avispa, derriere de ensueño y unas piernas torneadas que una minifalda ceñida las destacaba primorosamente. Su presencia causó impacto inmediato en la clientela, más aún, su trato afable y coqueto la situó entre las favoritas del lugar. Sin embargo, a las pocas semanas, comenzaron los roces entre la beldad y su patrona. Le pareció un despropósito adquirir una faja y unos zapatos de estilo glam con plataforma con el proveedor de la jefa y usar su salario para ello. Intentó negociar con la dueña, recibiendo un enérgico no por respuesta. Iba a abandonar el café, pero el administrador ayudante la convenció de llegar a un acuerdo, ya que la mitad más uno de las entradas económicas del lugar se lograban con la presencia de Macarena. Ella quiso hacer extensivo el logro de que el uniforme fuera proporcionado íntegramente por la empresa para sus compañeras, pero la matriarca y su testaferro le pidieron que guardara el secreto y que ocupara el rol de la abeja reina entre las otras bellas, con un trato preferente y sin igual.

Pero, Macarena Pellegrin no solo poseía una cara bonita y un cuerpo escultural. Era una líder formada para comandar la contracultura.

lunes, 21 de octubre de 2024

Laura (3° parte y final)


 Su condición de eterna fugitiva esta vez la llevó al Érebo, un antro con aroma a café y con estética kitsh, ubicado en la calle Bandera. A casi un mes de su llegada ya dominaba la escena. Las ventas subieron desbocadamente y una insinuante foto con la belleza sensual de Laura adornaba la entrada del negocio a modo de promoción. Era su reconocimiento de starwomen del pequeño mundillo del mercado del sexo del casco histórico de la ciudad capital. La muñeca podía elegir a su próxima víctima a su regalado gusto. Aguzó sus sentidos y auscultó a los clientes que podrían cumplir con el perfil preestablecido con la rutina que le daba la experiencia. Si bien los pichones podrían dar hasta una falange de sus dedos por sus favores, esta vez el sacrificado ideal tardaba en aparecer. Un martes 30 de abril ingresó al próspero negocio un hombre de estatura baja, que frisaba los 60 años. Era de tez blanca, ojos verdes, facciones bellas y de figura regordeta. Vestía chaquetas de colores oscuros, que se caracterizaban por poseer parches en sus codos, todo rematado con camisas, pantalones y zapatos pulcramente limpios que combinaban con un estilo casual. Laura puso sus hermosos y sensuales ojos en su persona. Lo atendió solícita, utilizando sus milenarias tácticas. Al llegar lo recibía con un beso cercano a los labios de aquel hombre. Todo a una, lo abrazaba y rozaba levemente sus pechos y sus muslos en él y le hablaba cerca de sus oídos, con una voz provocadora. Las otras leonas del café intentaron bromear con la evidente diferencia de estatura entre ella y el pequeño cliente, mas Laura, las fulminó con una mirada que hizo retroceder a toda esa manada depredadora. A ello, se sumó la condición de ese homúnculo. Vivía solo en su departamento, se encontraba separado de su esposa hacía ya largos años y sus hijos, cuando se apiadaban de él, lo invitaban por cortesía. Las visitas reiteradas y en solitario al lugar dejaron establecido para la bella que sus amigos escaseaban. Prosiguió el implacable acoso de Laura para saltarse las bases y llegar pronto a tercera. 

La oportunidad se presentó más temprano de lo esperado y la cita fue en el departamento del tunante, ubicado en la calle Mosqueto, a escasas cuadras del Museo de Bellas Artes. El Santiago de Chile, desde la vista del balcón, era una reminiscencia del París del siglo XIX, en especial, por el torreón y pequeño castillo de la avenida Pedro de la Barra y el hermoso Parque Forestal. El dueño de casa preparó dos daiquiris, que Laura saboreó con gusto. El trato establecía un tiempo que finalizaría al caer la noche (eran las tres de la tarde), variados encuentros íntimos y un striptease previo de ella. La muñeca sonrió para sus adentros, ya que supuso que este ser bajito sobredimensionaba sus habilidades amatorias, pero la paga era potente y se encontraba al límite de su energía, necesitando con urgencia un suplemento a la vena. Recostó al cliente en la cama, lo besó, introduciendo su ávida lengua en la boca de él y, extrañamente, la cortesana sintió un placer ya olvidado. En una acción fuera de programa le consultó por su nombre. Juan Manuel Oedomsa León, respondió con voz altisonante. Le pareció un patronímico un tanto extenso para su persona, dejando pasar el arcano y riesgoso mensaje que este conllevaba. Comenzó la sesión y Laura, al son de "You can leave your hat one", que inmortalizara Joe Cocker en la película Nueve semanas y media, se desnudó lentamente, dejando a la vista sus exquisitos encantos. Cayó su body negro al piso alfombrado, le siguió su brasier, que dejó libre sus perfectos pechos y finalmente, se deshizo de su tanga, lanzándoselo a Juan Manuel, quien lo cogió en el aire y lo llevó, directamente a su nariz con una expresión de evidente lujuria. Laura gateó por la cama, desabotonó la blanca camisa y desabrochó la bragueta del pantalón y se sorprendió al constatar lo bien dotado que se encontraba ese hombrecillo. Intentó montarlo, sin embargo, él tomo las riendas del encuentro y recostó de espaldas a Laura. Seguidamente, con fruición y técnica depurada, pegó sus labios a su pecera, haciendo gozar intensamente a la hermosa y logrando dos inmensas explosiones húmedas. Luego se posesionó sobre su níveo cuerpo y la penetró profundamente, iniciando rítmicos y provocadores movimientos. Esta vez fue Juan Manuel quien explotó. Laura, quien volvía a sentir el intenso placer para cuya naturaleza estaba creada, pensó que ese extraordinario ser se daría un respiro. Cuan equivocada se encontraba. La recostó boca abajo en el tálamo y atacó por la retaguardia. Las oscilaciones de ambos ahora cimbraban todo el cuarto. La hembra, ya casi exhausta y sin aliento, observó en el gran espejo que se ubicaba sobre la pared que ese ser cambiaba de forma. Se engrosaban sus músculos, engrandecía su porte y sus ojos, otrora verdes, se volvían blancos y malignos. Lo entendió todo, pero ya era tarde. Internamente, su cuerpo comenzaba a abrasarse y su piel blanca como el alabastro, se tornaba peligrosamente rojiza. Toda su persona se consumió en una intensa llamarada, que comenzó a calcinar al pequeño departamento, convirtiéndolo en un siniestro de espantosas proporciones. El monstruo abandonó el piso resueltamente por el balcón, perdiéndose en las primeras trazas de oscuridad que dominarían aquella noche. El Señor Oscuro, solitario y sentado en su trono eterno, al percatarse que sus órdenes se habían llevado a la perfección, se permitió una lágrima por Laura, su placer culpable, a quien debía inmolar, ya que otra Guerra Celestial se avecinaba y no podía seguir con esa pequeñísima y larga cuenta pendiente que podría cuestionar su reinado.      

                                               FIN

martes, 15 de octubre de 2024

Laura (2° parte)

 




Se deshizo del occiso. Caminó a su domicilio y su mente tormentosa le recordó su condición de renegada. Laura existía desde antes del inicio de los tiempos. El Señor Oscuro, su amo a perpetuidad, la mentaba entre sus favoritas. Si bien, su condición de súcubo la ubicaba entre los seres inferiores de la corte, el mandamás le reservaba un lugar de privilegio entre los suyos. Con la irrupción y cruento desarrollo de la Gran Guerra Celestial, los caídos se contaron por miles y los capturados eran preciados botines. Gabriel, el mensajero Del Que Todo Lo Puede, fue capturado y tratado brutalmente como un prisionero estelar. Laura, presa de una morbosa curiosidad, visitó a los reos con el propósito de burlarse de ellos, pero al ver a Gabriel su temperamento incandescente se activo en el acto. Observarlo derrotado y encadenado, pero con su actitud altiva y aura de incomparable belleza varonil la dejó clavada al piso cual torre de ajedrez. De ahí en más, buscó cualquier excusa para visitarlo. Incluso arribaba a inusuales horas de la noche. En un comienzo solo lo miraba por largas horas. Luego, intentó hablarle en vano. Gabriel, presa de una profunda tristeza, oía sin escuchar. El tiempo mítico se sucedía inexorablemente. Laura se obsesionaba aún más por el silente ser de alas caídas. Un día los carceleros de Gabriel en un descuido, dejaron mal cerrada la puerta del calabozo y la beldad ingresó resueltamente. Esta vez sus ojos retrataron al detalle a Gabriel. Un apolíneo cuerpo, magullado y herido. Un hermoso rostro que acababa en una quijada cuadriculada. Musculatura proporcionada y perfecta, en donde destacaban unas manos grandes y poderosas. Laura tuvo que reprimirse para no arrojarse encima de él. Monologó hasta que la roja mañana llegó. En una de las tantas visitas, Gabriel le contestó una de sus preguntas. Su voz atronó en sus oídos y Laura se dedicó a admirarlo. Sus novedosos puntos de vista calaron hondo en ella. Al borde de la desesperación, se acercó con decisión y lo besó apasionadamente. El alado ser sintió por primera vez una sensación de placer interno inédito. Le propuso la huida conjunta de aquella mazmorra. Gabriel accedió.  

Volaron muy lejos del averno y se fondearon donde creían, ningún ser celestial, ni infernal podrían alcanzarlos. Intimaron como los perritos, luego como los conejos y acabaron cual depredadores salvajes y desbocados. Para Gabriel fue el non plus ultra sexual, jamás experimentado en su inmaculada vida. Para Laura significó descubrir el sentimiento máximo. Se había enamorado perdidamente y por primera vez. Cada encuentro íntimo removía la tierra que los rodeaba. Sin embargo, ambos eran cartas marcadas. El Perfecto envió a Azrael, el Ángel de la Muerte para encontrar y castigar a ese advenedizo. El sancionador los descubrió escapando por el este del paraíso. Un oscuro lugar que les sirvió de un momentáneo, pero precario escondite. Azrael fue poseído por la ira de Dios, dirigió sus dos dedos índices hacia Gabriel y un rayo cegador impactó de lleno en su pecho. Sintió que ardía por dentro y su piel comenzó a enrojecer y luego a supurar una viscosa materia color oro opaco. Seguidamente, todo su cuerpo se encendió en un inmenso fogonazo para quedar solo una mancha oscura en la tierra. Laura temió lo peor, pero el sicario se alejó, sin prestar la más mínima atención a su persona. Lloró desconsoladamente la pérdida del que sería su único amor. Volvió a su realidad infernal y sintió pavor por su existencia. Sabía que el Príncipe de las Tinieblas enviaría a alguno de sus huestes para acabarla, por ello, escapó hacia el planeta tierra, ocultándose, intentando pasar desapercibida y esperando su muerte a la vuelta de cualquier esquina. Por su condición de súcubo, se decidió por la profesión más antigua del mundo. Mataba dos pájaros de un tiro. Con la energía sexual arrebatada a cada víctima se mantenía joven y bella, sin descartar que su endiablada naturaleza era saciada, aunque sea con simples mortales. Fue sacerdotisa en un templo de la ciudad de Uruk en la Sumeria del 2.400 A.C.,  el mismo rol lo cumplió en el puerto de Erice en Sicilia, destacó como una excelente hetaira en la Grecia de Pericles, una perfecta Oirán en el el Japón medieval, Taiwaf en la India milenaria y cortesana en variados reinos de la Europa Moderna. En el siglo XX recala en el continente americano y fue una prostituta de bajo perfil, escogiendo de preferencia países caribeños para sus eróticas y mortales actividades. Sus asesinatos ya se contaban por miles, sin embargo, en ninguno de esos encuentros íntimos volvió a sentir la pasión y desenfreno que experimentó con Gabriel. Como inmigrante colombiana, arriba a Santiago de Chile a comienzos del siglo XXI y los cafés con piernas se convierten en su refugio ideal.

jueves, 10 de octubre de 2024

Laura (1° parte)


Pareces un ángel,
caminas como un ángel
hablas como un ángel,
pero me volví sabio.
Eres el diablo disfrazado.
         ("Devil in desguise". Elvis Presley)


Laura ingresó a la habitación proveniente del tocador. Vestía un negligé transparente que exhibía plenamente sus encantos. Un porte de un metro y ochenta centímetros. Cabellera azabache que caía graciosamente por su nívea espalda. Unos ojos verdes gatunos y embrujadores que adornaban un rostro perturbadoramente adolescente. Su figura rayaba en la perfección. Senos eréctiles y turgentes. Caderas anchas. Cola erguida y unas piernas largas y torneadas. Se deslizó lentamente hacia la cama que ocupaba, ya desnudo, un impresionado y nervioso oficinista de edad mediana. Dejó que el incauto se apoderara torpemente de unos de sus pechos y cuando intentó penetrarla, la bella cambió de un tirón la postura, quedando sobre su víctima. Con el control total sobre la situación, bombeó lentamente en un principio, para luego intensificar el ritmo. El hombre se regocijó, sintiendo que solo ella y él existían en este mundo. Sin embargo, comenzó a sentir que el aire escaseaba en su pulmones y unas terribles convulsiones se apoderaban de su persona. Con sus ojos vidriosos alcanzó a observar por última vez a Laura y su penetrante mirada, que en ese preciso momento encandilaba todo la pieza del motel. Sintió que algo extraño abandonaba su persona para siempre. La bella extrajo de su cartera un bolsa negra plegable. Con una extraña fuerza y pericia embutió el cuerpo sin vida del desgraciado en ella y lo lanzó por la ventana. Abandonó la pieza. Se dirigió hacia su pequeño celerio del color ámbar. Abrió la cajuela y dejó caer el bulto dentro de ella, alejándose, sin prisa, de aquel nido de amores fugaces.

Dirigió su coche a la comuna de Maipú, ubicada al poniente de Santiago de Chile. La rutina la había vuelto una experta. Extrajo la bolsa. Recorrió un corto trecho del vertedero ilegal y depositó el bagayo entre unos escombros. El cadáver podría permanecer por largo tiempo descomponiéndose en ese inmundo lugar y, si era descubierto, absolutamente nada podría relacionar a ese desdichado con Laura. Había perdido la cuenta de la cantidad de víctimas a su haber. Solo en esta tierra del fin del mundo se contaban por decenas. Volvió a su coqueto departamento ubicado en pleno centro de la ciudad. Se dio una reparadora ducha y se preparó para ir a su trabajo de medio tiempo. Sus provocadoras prendas íntimas le calzaban a la perfección. Enfundó sus firmes muslos en una medias caladas blancas. Luego se sentó frente a su espejo iluminado del dormitorio y se acicaló diestramente su cara y cuerpo, convirtiéndose en una sensual mezcla de niña terrible y muñeca finísima. Dirigió sus pasos hacia el Mahal Kita, un café con piernas del paseo peatonal de la calle Estado.  Puntualmente llegó y marcó su ingreso a las trece horas. El uniforme del día era un mini vestido negro con la espalda descubierta, rematando en unos zapatos de taco aguja que estilizaban aún más su imponente figura. Aquel antro era su centro de operaciones. Reinaba sin contrapeso y las otras ninfas eran su corte. Los parroquianos se perdían por una atención suya, una mirada o un beso en la mejilla de despedida. Laura los analizaba detalladamente, buscando a su próxima víctima. Demoraba entre tres a cuatro semanas en lograr su objetivo. Los escogía, los seducía discretamente al inicio y desenfadadamente al final. Se consumaba la cita junto con el pago y, fuera del turno laboral, se ejecutaba el flamígero crimen.  
 
Laura sabía que ya caminaba por caminos pedregosos en su actual trabajo. Su vastísima experiencia le indicaba que no más de seis meses era el tiempo máximo que debía permanecer en cada establecimiento. Luego del tercer cliente habitual que desaparecía para nunca más volver, podrían atarse cabos y vincularla. Por ello, le comunicó al administrador que dimitía. Que su bella rock star se fuera era una herida en la economía del café que costaría sanar. Este le suplicó en vano. Ya era una decisión irrevocable. A los pocos días se encontraba laburando en el Diosas y Gatas. Los cafés con piernas se habían convertido en su trampa ideal. Ingresaban una mayoría de hombres solitarios, cincuentones, con poder adquisitivo no menor y, la guinda del postre, con escasa red de apoyo social. Laura los olía a la distancia y comenzaba a tejer los hilos que, lentamente, amarrarían mortalmente al incauto de turno. Los impactaba con su belleza que cortaba el aliento. Se les acercaba y les rozaba levemente sus senos y sus muslos en un abrazo de bienvenida. Les hablaba al oído y los despedía con un beso en la mejilla que cada vez se acercaba, día a día, a la comisura de los labios del futuro finado. Esta vez demoró escaso tiempo en el ritual. Era un hombre alto, de carnes magras y de rostro afilado. En los días preliminares, Laura lo sedujo implacablemente. Se citaron en el motel Azul, en horas de colación. Ya en la habitación, desanudó su corbata y con lentos movimientos desabotonó su alba camisa. Le dio un leve empujón que lo depositó en la ancha cama. Luego, Laura encendió un parlante y comenzó a desnudarse al son de una música insinuante. El cliente había cancelado por un servicio completo, que incluía candentes preliminares. Acabó de desvestirse. El proyecto de desaparecido se puso de pie y ella se arrodilló, abriendo la bragueta del pantalón y cumpliendo con fruición el segundo acto de la macabra comedia. Seguido de un breve descanso, lo invitó a una ducha tibia. Se abalanzó sobre su cuerpo y a horcajadas, rodeando sus brazos en su cuello, se insertó en él. Mientras el agua caía sobre sus cuerpos el hombre conocía la gloria. Sin embargo, unos ahogos espantosos dificultaban su respiración. Sintió que el corazón le estallaba y un calor insoportable invadía su humanidad. Antes de dar su postrero suspiro, observó con estupor que Laura mutaba su tersa piel de alabastro en una roja y corrugada y que su aliento le abrasaba sus entrañas, ya que los labios de aquella monstruosidad se pegaron a los de él extrayéndole hasta la última energía que ese varón podía almacenar.