"Proletalier aller Länder, vereinigt Euch!"
(Manifiesto Comunista. Marx y Engels)
La llegada de Macarena Pellegrin alteró las vidas laborales de un puñado de muñecas para siempre.
Férula, un café con piernas ubicado en pleno centro de Santiago de Chile, era gobernado con mano de hierro por Lucía Klement, una matriarca descendiente de alemanes, cuyos bisabuelos se habían instalado en Buenos Aires y su descendencia cruzó la Cordillera de los Andes para radicarse en la capital del país. La selección de personal era llevada a cabo rigurosamente por ella. Contrataba, de preferencia, colombianas y venezolanas. Las razones de ello eran variopintas. Su exuberante belleza, la simpatía y alegría en el trato y la coquetería innata que desarmaba a los parcos clientes que pululaban el lugar. Sin embargo, otros oscuros, pero evidentes motivos venían aparejados con los anteriores. Eran inmigrantes ilegales en busca de una regularización que demoraba en cuajar. Aquello las volvía dóciles y obedientes y el encontrarse en tierra ajena y no dominar el estilo de vida chileno, las llevaba camino a la prudencia exagerada. Eran fáciles presas para Lucía, que hacía y deshacía con cada una de ellas. Les cancelaba el salario mínimo, con la excusa de que las propinas eran suculentas. Lo anterior era una verdad a medias, ya que una vez que lograban una cartera de clientes considerables, las niñas podían aspirar a ingresos mayores. Se les exigía una imagen perfecta, es decir, sensual maquillaje, uñas primorosamente arregladas, una faja que acentuaba su cintura, la que era pagada por ellas. Unos zapatos de plataforma y medias elasticadas, también cancelados por las ninfas, al mismo proveedor de las fajas, que, ¡oh, casualidad!, era pariente de Lucía. El provocador look, cuyo erótico uniforme era lo único proporcionado por la empresaria, era supervisado personalmente y en detalle por la señora Klement. La amarga cereza de este fantasioso postre lo conformaban la prohibición total del uso de teléfonos celulares en el turno del trabajo y sentarse para descansar. Se sumaban a ello unos escasos veinticinco minutos para almorzar y el castigo de realizar turnos los sábados, a la que vendiera menos cafés y comidas a los clientes.
Sin embargo, arribó un 22 de septiembre del 2024 al café Férula, Macarena Pellegrin.
Llamó la atención que la dueña contratara a una chilena. Era sabido que, en especial las santiaguinas, poseían un generoso busto, pero eran mentadas entre las caribeñas por poseer una retaguardia caída y la cintura escasamente pronunciada. Además de tener un pobre manejo de la naturaleza de los parroquianos que visitaban el café. No obstante, al ver a Macarena, todos los mitos se volvieron trizas. Era un metro setenta y seis de belleza austral. Abundante cabellera azabache, desordenada a propósito. Ojos pardos y vivaces. Senos turgentes, cintura de avispa, derriere de ensueño y unas piernas torneadas que una minifalda ceñida las destacaba primorosamente. Su presencia causó impacto inmediato en la clientela, más aún, su trato afable y coqueto la situó entre las favoritas del lugar. Sin embargo, a las pocas semanas, comenzaron los roces entre la beldad y su patrona. Le pareció un despropósito adquirir una faja y unos zapatos de estilo glam con plataforma con el proveedor de la jefa y usar su salario para ello. Intentó negociar con la dueña, recibiendo un enérgico no por respuesta. Iba a abandonar el café, pero el administrador ayudante la convenció de llegar a un acuerdo, ya que la mitad más uno de las entradas económicas del lugar se lograban con la presencia de Macarena. Ella quiso hacer extensivo el logro de que el uniforme fuera proporcionado íntegramente por la empresa para sus compañeras, pero la matriarca y su testaferro le pidieron que guardara el secreto y que ocupara el rol de la abeja reina entre las otras bellas, con un trato preferente y sin igual.
Pero, Macarena Pellegrin no solo poseía una cara bonita y un cuerpo escultural. Era una líder formada para comandar la contracultura.