Se deshizo del occiso. Caminó a su domicilio y su mente tormentosa le recordó su condición de renegada. Laura existía desde antes del inicio de los tiempos. El Señor Oscuro, su amo a perpetuidad, la mentaba entre sus favoritas. Si bien, su condición de súcubo la ubicaba entre los seres inferiores de la corte, el mandamás le reservaba un lugar de privilegio entre los suyos. Con la irrupción y cruento desarrollo de la Gran Guerra Celestial, los caídos se contaron por miles y los capturados eran preciados botines. Gabriel, el mensajero Del Que Todo Lo Puede, fue capturado y tratado brutalmente como un prisionero estelar. Laura, presa de una morbosa curiosidad, visitó a los reos con el propósito de burlarse de ellos, pero al ver a Gabriel su temperamento incandescente se activo en el acto. Observarlo derrotado y encadenado, pero con su actitud altiva y aura de incomparable belleza varonil la dejó clavada al piso cual torre de ajedrez. De ahí en más, buscó cualquier excusa para visitarlo. Incluso arribaba a inusuales horas de la noche. En un comienzo solo lo miraba por largas horas. Luego, intentó hablarle en vano. Gabriel, presa de una profunda tristeza, oía sin escuchar. El tiempo mítico se sucedía inexorablemente. Laura se obsesionaba aún más por el silente ser de alas caídas. Un día los carceleros de Gabriel en un descuido, dejaron mal cerrada la puerta del calabozo y la beldad ingresó resueltamente. Esta vez sus ojos retrataron al detalle a Gabriel. Un apolíneo cuerpo, magullado y herido. Un hermoso rostro que acababa en una quijada cuadriculada. Musculatura proporcionada y perfecta, en donde destacaban unas manos grandes y poderosas. Laura tuvo que reprimirse para no arrojarse encima de él. Monologó hasta que la roja mañana llegó. En una de las tantas visitas, Gabriel le contestó una de sus preguntas. Su voz atronó en sus oídos y Laura se dedicó a admirarlo. Sus novedosos puntos de vista calaron hondo en ella. Al borde de la desesperación, se acercó con decisión y lo besó apasionadamente. El alado ser sintió por primera vez una sensación de placer interno inédito. Le propuso la huida conjunta de aquella mazmorra. Gabriel accedió.
Volaron muy lejos del averno y se fondearon donde creían, ningún ser celestial, ni infernal podrían alcanzarlos. Intimaron como los perritos, luego como los conejos y acabaron cual depredadores salvajes y desbocados. Para Gabriel fue el non plus ultra sexual, jamás experimentado en su inmaculada vida. Para Laura significó descubrir el sentimiento máximo. Se había enamorado perdidamente y por primera vez. Cada encuentro íntimo removía la tierra que los rodeaba. Sin embargo, ambos eran cartas marcadas. El Perfecto envió a Azrael, el Ángel de la Muerte para encontrar y castigar a ese advenedizo. El sancionador los descubrió escapando por el este del paraíso. Un oscuro lugar que les sirvió de un momentáneo, pero precario escondite. Azrael fue poseído por la ira de Dios, dirigió sus dos dedos índices hacia Gabriel y un rayo cegador impactó de lleno en su pecho. Sintió que ardía por dentro y su piel comenzó a enrojecer y luego a supurar una viscosa materia color oro opaco. Seguidamente, todo su cuerpo se encendió en un inmenso fogonazo para quedar solo una mancha oscura en la tierra. Laura temió lo peor, pero el sicario se alejó, sin prestar la más mínima atención a su persona. Lloró desconsoladamente la pérdida del que sería su único amor. Volvió a su realidad infernal y sintió pavor por su existencia. Sabía que el Príncipe de las Tinieblas enviaría a alguno de sus huestes para acabarla, por ello, escapó hacia el planeta tierra, ocultándose, intentando pasar desapercibida y esperando su muerte a la vuelta de cualquier esquina. Por su condición de súcubo, se decidió por la profesión más antigua del mundo. Mataba dos pájaros de un tiro. Con la energía sexual arrebatada a cada víctima se mantenía joven y bella, sin descartar que su endiablada naturaleza era saciada, aunque sea con simples mortales. Fue sacerdotisa en un templo de la ciudad de Uruk en la Sumeria del 2.400 A.C., el mismo rol lo cumplió en el puerto de Erice en Sicilia, destacó como una excelente hetaira en la Grecia de Pericles, una perfecta Oirán en el el Japón medieval, Taiwaf en la India milenaria y cortesana en variados reinos de la Europa Moderna. En el siglo XX recala en el continente americano y fue una prostituta de bajo perfil, escogiendo de preferencia países caribeños para sus eróticas y mortales actividades. Sus asesinatos ya se contaban por miles, sin embargo, en ninguno de esos encuentros íntimos volvió a sentir la pasión y desenfreno que experimentó con Gabriel. Como inmigrante colombiana, arriba a Santiago de Chile a comienzos del siglo XXI y los cafés con piernas se convierten en su refugio ideal.
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