Su condición de eterna fugitiva esta vez la llevó al Érebo, un antro con aroma a café y con estética kitsh, ubicado en la calle Bandera. A casi un mes de su llegada ya dominaba la escena. Las ventas subieron desbocadamente y una insinuante foto con la belleza sensual de Laura adornaba la entrada del negocio a modo de promoción. Era su reconocimiento de starwomen del pequeño mundillo del mercado del sexo del casco histórico de la ciudad capital. La muñeca podía elegir a su próxima víctima a su regalado gusto. Aguzó sus sentidos y auscultó a los clientes que podrían cumplir con el perfil preestablecido con la rutina que le daba la experiencia. Si bien los pichones podrían dar hasta una falange de sus dedos por sus favores, esta vez el sacrificado ideal tardaba en aparecer. Un martes 30 de abril ingresó al próspero negocio un hombre de estatura baja, que frisaba los 60 años. Era de tez blanca, ojos verdes, facciones bellas y de figura regordeta. Vestía chaquetas de colores oscuros, que se caracterizaban por poseer parches en sus codos, todo rematado con camisas, pantalones y zapatos pulcramente limpios que combinaban con un estilo casual. Laura puso sus hermosos y sensuales ojos en su persona. Lo atendió solícita, utilizando sus milenarias tácticas. Al llegar lo recibía con un beso cercano a los labios de aquel hombre. Todo a una, lo abrazaba y rozaba levemente sus pechos y sus muslos en él y le hablaba cerca de sus oídos, con una voz provocadora. Las otras leonas del café intentaron bromear con la evidente diferencia de estatura entre ella y el pequeño cliente, mas Laura, las fulminó con una mirada que hizo retroceder a toda esa manada depredadora. A ello, se sumó la condición de ese homúnculo. Vivía solo en su departamento, se encontraba separado de su esposa hacía ya largos años y sus hijos, cuando se apiadaban de él, lo invitaban por cortesía. Las visitas reiteradas y en solitario al lugar dejaron establecido para la bella que sus amigos escaseaban. Prosiguió el implacable acoso de Laura para saltarse las bases y llegar pronto a tercera.
La oportunidad se presentó más temprano de lo esperado y la cita fue en el departamento del tunante, ubicado en la calle Mosqueto, a escasas cuadras del Museo de Bellas Artes. El Santiago de Chile, desde la vista del balcón, era una reminiscencia del París del siglo XIX, en especial, por el torreón y pequeño castillo de la avenida Pedro de la Barra y el hermoso Parque Forestal. El dueño de casa preparó dos daiquiris, que Laura saboreó con gusto. El trato establecía un tiempo que finalizaría al caer la noche (eran las tres de la tarde), variados encuentros íntimos y un striptease previo de ella. La muñeca sonrió para sus adentros, ya que supuso que este ser bajito sobredimensionaba sus habilidades amatorias, pero la paga era potente y se encontraba al límite de su energía, necesitando con urgencia un suplemento a la vena. Recostó al cliente en la cama, lo besó, introduciendo su ávida lengua en la boca de él y, extrañamente, la cortesana sintió un placer ya olvidado. En una acción fuera de programa le consultó por su nombre. Juan Manuel Oedomsa León, respondió con voz altisonante. Le pareció un patronímico un tanto extenso para su persona, dejando pasar el arcano y riesgoso mensaje que este conllevaba. Comenzó la sesión y Laura, al son de "You can leave your hat one", que inmortalizara Joe Cocker en la película Nueve semanas y media, se desnudó lentamente, dejando a la vista sus exquisitos encantos. Cayó su body negro al piso alfombrado, le siguió su brasier, que dejó libre sus perfectos pechos y finalmente, se deshizo de su tanga, lanzándoselo a Juan Manuel, quien lo cogió en el aire y lo llevó, directamente a su nariz con una expresión de evidente lujuria. Laura gateó por la cama, desabotonó la blanca camisa y desabrochó la bragueta del pantalón y se sorprendió al constatar lo bien dotado que se encontraba ese hombrecillo. Intentó montarlo, sin embargo, él tomo las riendas del encuentro y recostó de espaldas a Laura. Seguidamente, con fruición y técnica depurada, pegó sus labios a su pecera, haciendo gozar intensamente a la hermosa y logrando dos inmensas explosiones húmedas. Luego se posesionó sobre su níveo cuerpo y la penetró profundamente, iniciando rítmicos y provocadores movimientos. Esta vez fue Juan Manuel quien explotó. Laura, quien volvía a sentir el intenso placer para cuya naturaleza estaba creada, pensó que ese extraordinario ser se daría un respiro. Cuan equivocada se encontraba. La recostó boca abajo en el tálamo y atacó por la retaguardia. Las oscilaciones de ambos ahora cimbraban todo el cuarto. La hembra, ya casi exhausta y sin aliento, observó en el gran espejo que se ubicaba sobre la pared que ese ser cambiaba de forma. Se engrosaban sus músculos, engrandecía su porte y sus ojos, otrora verdes, se volvían blancos y malignos. Lo entendió todo, pero ya era tarde. Internamente, su cuerpo comenzaba a abrasarse y su piel blanca como el alabastro, se tornaba peligrosamente rojiza. Toda su persona se consumió en una intensa llamarada, que comenzó a calcinar al pequeño departamento, convirtiéndolo en un siniestro de espantosas proporciones. El monstruo abandonó el piso resueltamente por el balcón, perdiéndose en las primeras trazas de oscuridad que dominarían aquella noche. El Señor Oscuro, solitario y sentado en su trono eterno, al percatarse que sus órdenes se habían llevado a la perfección, se permitió una lágrima por Laura, su placer culpable, a quien debía inmolar, ya que otra Guerra Celestial se avecinaba y no podía seguir con esa pequeñísima y larga cuenta pendiente que podría cuestionar su reinado.
FIN
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